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¿Hay algo malo en el placer?
Por Alfonso Aguiló
Si las acciones humanas
pueden ser nobles, vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes.
Hay placeres que derivan de actividades nobles,
y otros de vergonzoso origen. Aristóteles
Una ansiosa búsqueda
«Buscaba el placer, y al final lo encontraba –cuenta C. S.
Lewis en su autobiografía.
»Pero enseguida descubrí que el placer (ése u otro
cualquiera) no era lo que yo buscaba. Y pensé que me estaba equivocando, aunque
no fue, desde luego, por cuestiones morales; en aquel momento, yo era lo más
inmoral que puede ser un hombre en estos temas.
»La frustración tampoco consistía en haber encontrado un
placer rastrero en vez de uno elevado.
»Era el poco valor de la conclusión lo que aguaba la
fiesta. Los perros habían perdido el rastro. Había capturado una presa
equivocada. Ofrecer una chuleta de cordero a un hombre que se está muriendo de
sed es lo mismo que ofrecer placer sexual al que desea lo que estoy
describiendo.
»No es que me apartara de la experiencia erótica diciendo:
¡eso no! Mis sentimientos eran: bueno, ya veo, pero ¿no nos hemos desviado de
nuestro objetivo?
»El verdadero deseo se marchaba como diciendo: ¿qué tiene
que ver esto conmigo?».
Así describe C. S. Lewis sus errores y vacilaciones en el
camino de la búsqueda de la felicidad. La ruta del placer había resultado
infructuosa. Llevaba años rastreando tras una pista equivocada: «Al terminar
de construir un templo para él, descubrí que el dios del placer se había ido».
La seducción del placer,
mientras dura,
tiende a ocupar toda la pantalla
en nuestra mente.
En esos momentos,
lo promete todo,
parece que fuera
lo único que importa.
Sin embargo, a los pocos segundos de ceder a esa seducción
se comprueba el engaño. Se comprueba que no saciaba como prometía, que nos ha
vuelto a embaucar, que ofrecía mucho más de lo que luego nos ha dado. Seguíamos
de cerca el rastro, pero lo hemos vuelto a perder.
Basta un pequeño repaso por la literatura clásica para
constatar que esa ansiosa búsqueda del placer sexual no tiene demasiado de
original. En la vida de pueblos muy antiguos se ve que habían agotado ya
bastante sus posibilidades, que por otra parte tampoco dan mucho más de sí. La
atracción del sexo es indiscutible, ciertamente, pero el repertorio se agota
pronto, por mucho que cambie el decorado.
Placer y felicidad
Hay unas claras notas de distinción entre el placer de la
felicidad:
La felicidad tiene vocación de permanencia; el placer, no.
El placer suele ser fugaz; la felicidad es duradera.
El placer afecta a un pequeño sector de nuestra
corporalidad, mientras que la felicidad afecta a toda la persona.
El placer se agota en sí mismo y acaba creando una adicción
que lleva a que las circunstancias estrechen más aún la propia libertad; la
felicidad, no.
Los placeres, por sí solos, no garantizan felicidad alguna;
necesitan de un hilo que los una, dándoles un sentido.
Las satisfacciones
momentáneas e invertebradas
desorganizan la vida,
la fragmentan,
y acaban por atomizarla.
Quevedo insistía en la importancia de tratar al cuerpo “no
como quien vive por él, que es necedad; ni como quien vive para él, que es
delito; sino como quien no puede vivir sin él. Susténtale, vístele y mándale,
que sería cosa fea que te mandase a ti quien nació para servirte.”
Por su parte, Aristóteles aseguraba que para hacer el bien
es preciso esforzarse por mantener a raya las pasiones inadecuadas o extemporáneas,
pues las grandes victorias morales no se improvisan, sino que son el fruto de
una multitud de pequeñas victorias obtenidas en el detalle de la vida
cotidiana.
La felicidad se presenta ante nosotros
con leyes propias,
con esa terquedad serena con que presenta,
una vez y otra, la inquebrantable realidad.
¿Evitar el placer?
El placer y el dolor tienen un innegable protagonismo en la
vida de cualquier hombre, condicionan siempre de alguna manera sus decisiones.
—Pero ni el placer ni el dolor son malos ni buenos de por sí.
En efecto. Lo malo es dejarse vencer por el placer o por el dolor.
Lo malo es obrar mal
por disfrutar de un placer
o por evitar un dolor.
Se puede sentir placer sin ser feliz, y también se puede ser
feliz en medio del dolor. De ahí la necesidad –lo decía Platón– de haber
sido educado desde joven para saber cuándo y cómo conviene sufrir o disfrutar,
pues igual que hay acciones nobles y acciones indignas, podemos decir que hay
placeres nobles y placeres indignos. La adecuación de la conducta a este
criterio es objeto de la educación moral.
El peaje de la renuncia
Son muchas las cosas que el hombre desea, y para alcanzar
cada una de ellas ha de renunciar a otras, aunque esa renuncia le duela. Aristóteles
decía que no hay nada que pueda sernos agradable siempre.
Toda elección conlleva una exclusión. Por eso es importante
acertar cuando se elige, sin demasiado miedo a la renuncia, pues detrás de lo
atractivo no siempre está la felicidad. Tanto el placer como la felicidad
llevan siempre consigo asociada la renuncia.
Tampoco está la solución en la supresión de todo deseo,
porque sin deseos la vida del hombre dejaría de ser propiamente humana. El
hombre se humaniza cuando aprende a soportar lo adverso, a abstenerse de lo que
puede hacerse pero no debe hacerse. Este es el precio que debe pagar nuestra
inexorable tendencia a la felicidad, si queremos alcanzar lo que de ella es
posible en esta vida.
Lo sensato es
dejarse conducir por la razón
para no asustarse ante el dolor
ni dejarse atrapar por el placer.
Igual que guardar la salud exige un cierto esfuerzo pero
gracias a él te sientes mucho mejor, la castidad fortalece el interior del
hombre y le proporciona una honda satisfacción. Cuando no se cede al egoísmo
sexual, se alcanza una mayor madurez en el amor, en el que la castidad sublima
la intensidad de los sentimientos. Surge una luz transparente en los ojos y una
alegría radiante en la cara, que otorgan un atractivo muy especial.
—¿Y no suele haber demasiadas prohibiciones en la ética
sexual?
Hasta ahora apenas hemos hablado de prohibiciones, sino más
bien de un modelo y un estilo de vida positivos.
Por otra parte, aunque la clave de la ética no son las
prohibiciones, no puede olvidarse que toda ética supone mandatos y
prohibiciones. Cada prohibición custodia y asegura unos determinados valores,
que de esa forma se protegen y se hacen más accesibles. Esas prohibiciones, si
son acertadas, ensanchan los espacios de libertad de valores importantes para el
hombre.
La moral no puede verse como una simple y fría normativa que
coarta, y mucho menos como un mero código de pecados y obligaciones.
Las exigencias de la moral
vigorizan a la persona,
le aúpan a su desarrollo más pleno,
a su más auténtica libertad.
Con la
autorización de: www.encuentra.com
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