Recordando a Juan Pablo II

   

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   Recordando a Juan Pablo II
George Weigel: Un hombre de extraordinaria coherencia

13-04-2005
W17/05

George Weigel destaca en "Newsweek" (5 abril 2005) la personalidad del Papa.

   En una época en la que las personalidades están montadas a menudo con trozos y piezas de convicciones (algo de política por aquí, otro poco de religión allá; moral tomada de un sitio, intereses artísticos de otro), Wojtyla puede resultar sorprendente. Era la personalidad más integrada con que jamás me encontré, y todo en él giraba en torno a la convicción de que Jesucristo es la respuesta a la pregunta que toda vida humana conlleva. Daba igual que estuviera con Mijaíl Gorbachov o con la Unión de Peluqueros Italianos, con hijos de sus amigos o con los cardenales de su propia Iglesia; todos los encuentros se desarrollaban dentro del horizonte de la convicción absolutamente inquebrantable que tenía Juan Pablo II de que los hombres y mujeres con los que se encontraba eran actores de un gran drama cósmico cuyo autor y director era Dios.

   Para la visión convencional de la época, la intensidad de sus convicciones cristianas deberían haberlo convertido en un sectario, un hombre incluso peligroso. Pero en su mente, fue precisamente su fe cristiana y su disposición a seguirla la que le exigía dialogar con todos. Cada uno era de valor inestimable y todo le interesaba, porque Dios entró en la historia en Jesús de Nazareth, sobrecargando el mundo y la humanidad con una grandeza imposible de imaginar.
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Recordando a Juan Pablo II
Bernard-Henri Lévy: El visionario que reunió las dos Europas

13-04-2005
W17/05

El filósofo francés escribe en "Le Point" (4 abril 2005):

   ¿Sabemos lo que decimos cuando afirmamos que fue el artífice de la caída del comunismo? Hay que situarse en el pensamiento del mundo de esa época. No había una Europa, sino dos. No una, sino dos Historias distintas. Una especie de maniqueísmo negro, realmente diabólico, planteaba que en esas dos Europas había dos humanidades diferentes, con destinos divergentes, inscritas en marcos temporales que no se unirían nunca.

   Pues bien, hubo un responsable espiritual que rechazó ese postulado. Apareció una autoridad política y moral que encontró monstruosa la idea de que la mitad de Europa estaba condenada a la servidumbre. Ese visionario, esa inventor de la Europa moderna, ese hombre de gran coraje al que el continente debe su unidad reencontrada, es, se quiera o no, se sea cristiano o no, el jefe de la Iglesia católica. Nada más que por eso, nada más que por esa apuesta hecha contra toda razón, nada más que por ese papel en las aventuras modernas de la libertad, hay que dar gracias a Wojtyla.

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Recordando a Juan Pablo II
Adam Michnik: Firmeza y perdón

13-04-2005
W17/05

   Adam Michnik, director del diario polaco "Gazeta Wyborcza", destaca cómo Juan Pablo II supo unir la firmeza en los principios y la necesidad del perdón (traducido en "ABC", 6 abril 2005).

   Juan Pablo II defendió lo que no es cambiable en un mundo cambiante; fue –en esa misma medida– el Papa de la dura defensa de los principios y el donante permanente de la misericordia para los descarriados. (...) Fue el Papa que enseñó el valor y el heroísmo, pero que entendía bien el sentido del compromiso en la vida pública y que advirtió de la lógica mortal de la venganza.

   Fue signo de la época y signo de la resistencia frente a su época. Dijo a su tiempo: "Si, sí; no, no".

   Supo perdonar y enseñó el arte del perdón. La vez que visitó en prisión a su asesino frustrado permanecerá para siempre como el símbolo para el mundo del mensaje cristiano.

   Supo también pedir perdón a los que la Iglesia había herido: cristianos de otras confesiones, fieles del islam, judíos.

   Puso metas altas: a sí mismo, a la Iglesia, al mundo. A todos. Por eso encontraba oposición. (...)

   Para nosotros, gente con raíces en la oposición democrática, del Comité de Defensa de los Trabajadores y de Solidaridad, Juan Pablo II fue la antorcha luminosa de la verdad y de la libertad en un mar de hipocresía, de conformismo y de miedo.

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Recordando a Juan Pablo II
Ignacio Sánchez Cámara: Una obra que no pertenece al mundo

13-04-2005
W17/05

   El pontificado de Juan Pablo II no se puede valorar con criterios mundanos, escribe Ignacio Sánchez Cámara en "ABC" (4 abril 2005).

   Juan Pablo II ha muerto entre el respeto general, casi unánime. Pero muchas de las valoraciones, tanto entusiastas como tibias, yerran en su perspectiva, pues tienden a considerar con criterios mundanos una obra que no pertenece al mundo.

   Y así se mezcla casi todo: el sentido, progresista o conservador, de la teología que lo inspiró, su influencia en los grandes acontecimientos de nuestro tiempo, su energía viajera y apostólica, su poder de comunicación, su liderazgo entre todos los hombres de buena voluntad y, especialmente, entre los jóvenes, su ingente obra intelectual...

    Por lo demás, ¡cómo no va a ser en cierto esencial sentido conservador quien tiene como misión difundir un mensaje eterno de salvación y una tradición! Pero, como ya advirtió el Maestro de la Vida, solo una cosa es importante: escuchar y seguir la palabra de Dios. (...) El Papa no ha de ser otra cosa más que Testigo de la Palabra de Dios, voz que dice las palabras de Cristo. Si no coincide esta palabra con el mundo no puede sorprendernos. Siempre fue así y siempre será. Una sola cosa es importante, el cumplimiento hasta la cruz del imperativo del Mesías en su despedida: "Id y predicad la Buena Nueva". ¿Acaso ha hecho otra cosa Juan Pablo II?

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Recordando a Juan Pablo II
Vittorio Messori: Un pontificado inclasificable

13-04-2005
W17/05

   Juan Pablo II rompió los moldes, dice Vittorio Messori en "Corriere della Sera" (2 abril 2005).

   Su grandeza se expresaba también en la imposibilidad de clasificarlo según los esquemas habituales. Por expresarnos en un lenguaje político, tan equívoco en la dimensión religiosa: ¿Un Papa progresista, abierto? ¿O conservador, tradicionalista? ¿De "derecha" o de "izquierdas"? Ambas cosas, diremos, si se nos obliga a responder. Y en esta "duplicidad" está uno de los secretos de un pontificado extraordinario. En "política exterior" (para seguir utilizando términos de la sociedad civil), en sus relaciones con el mundo laico, con las otras religiones, con las diversas confesiones cristianas, Juan Pablo II ha sido tan abierto, con tal voluntad de diálogo que ha suscitado críticas y refunfuños entre aquellos que, en la Iglesia, veían incluso algo blasfemo en reuniones ecuménicas como la de Asís y otras de ese género.

   Fue el primer pontífice que entró en una sinagoga, el primero en una mezquita; el Papa que no ha dudado en visitar todo tipo de regímenes políticos (de la Cuba de Castro al Chile de los generales, el Sudán culpable de genocidio de los cristianos, el México del laicismo de Estado, la Turquía que margina a los católicos), anunciando a todos el mismo mensaje de perdón y reconciliación. Temerario hasta abrir los brazos a todo hombre, cualquiera que fuese su fe o su incredulidad. Su diálogo, llevado a los extremos, no ponía en peligro la identidad católica, gracias a una "política interior" de reafirmación, a menudo de reconstrucción, de la doctrina de siempre.

   Se diga lo que se diga, el Vaticano II ha sido la constante estrella polar hacia la que el Papa ha orientado el gobierno de la Iglesia. Todo ha sido renovado por él a la luz de aquel Concilio en el que fue uno de los protagonistas más activos y entusiastas. Siempre con la conciencia de que aquel gran evento no era una fractura sino una profundización, no el descubrimiento de novedades inauditas sino el redescubrimiento de la actualidad de la antigua Tradición. "Nova et vetera", cosas nuevas y cosas antiguas, por decirlo con palabras del Evangelio. Beatificando el mismo día a Pío IX, el Papa del Vaticano I, y a Juan XXIII, el Papa del Vaticano II, Karol Wojtyla ha dado un signo fuerte (malentendido por muchos) de la continuidad de la Iglesia que ha inspirado su pontificado. El Catecismo Universal que impulsó tenazmente es a la vez antiguo y nuevo: no solo el dogma, sino también las tradiciones y las devociones son ahí confirmados, dentro de un espíritu completamente conciliar.

   En suma, diálogo con el exterior y ortodoxia en el interior, libertad de los hijos de Dios y disciplina de católicos obedientes, apertura a todos y vigilancia en la doctrina. En esta síntesis radica, a mi juicio, la grandeza y la fecundidad de un pontificado que, justo por esto, parece inclasificable, si no contradictorio, a quien no advierta una "ambigüedad" querida y buscada con un lúcido diseño.

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Contrapunto
La credibilidad de Hans Küng

Firmante: Juan Domínguez
13-04-2005
041/05

   La cola avanzaba lenta, tenaz y maciza hacia la Basílica de San Pedro. Juan se había incorporado hacía cuatro horas en plena noche, después de un viaje interminable en autobús. No había sido fácil aguantar el frío nocturno. Pero ya había sobrepasado Castel Sant'Angelo y embocaba Via della Conciliazione. El sol mañanero y la primera vista de la Basílica le renovaron el ánimo. Dos horas más y podría dar su adiós a Juan Pablo II. Tanto se animó que decidió sacar de la mochila el periódico que había comprado antes de salir, y que todavía no había leído. Entre las muchas páginas dedicadas a la muerte de Juan Pablo II, le llamó la atención un artículo titulado "Las contradicciones del Papa", firmado por Hans Küng. 

   Ya sabía que Juan Pablo II no era santo de la devoción del teólogo alemán. Pero los sumarios eran sorprendentes: "Para la Iglesia, este pontificado ha sido una gran desilusión y, a fin de cuentas, un desastre". Si lo que estamos viendo es un desastre, pensó, ¿qué será un éxito?

   ¿En qué basaría Küng su diagnóstico? Una de las razones del teólogo alemán es que Juan Pablo II, con su estricta moral sexual y su rechazo del sacerdocio femenino, "ha provocado un éxodo cada vez mayor de las mujeres que, hasta ahora, permanecían fieles a la Iglesia". Miró a su alrededor. En la cola había más mujeres que hombres, como suele suceder en las iglesias. Si allí se diera un "éxodo" repentino de mujeres, él ya habría llegado hace tiempo a San Pedro. ¿Estas mujeres no cuentan? ¿Y los cientos de miles de chicas con las que participó en la última Jornada de la Juventud no valen nada?

   Pero empezaba a sospechar que Hans Küng tiene un modo particular de valorar las manifestaciones que cuentan y las que no cuentan. Küng reconoce que el Papa triunfó entre los jóvenes, pero advierte que las grandes concentraciones "atraen a cientos de miles de jóvenes, muchos llenos de buenas intenciones pero, en demasiados casos, sin ningún sentido crítico". Y aunque Juan estaba de buen humor, aquello ya le puso de mal humor. No hacía falta mucho sentido crítico para advertir que si cientos de miles de jóvenes se hubieran manifestado para pedir la dimisión del Papa, Hans Küng habría dicho que ese era el clamor del Espíritu Santo. Pero si lo que ha ocurrido una y otra vez a lo largo del pontificado ha sido lo contrario, un observador honesto no puede despreciar esa opinión pública.

   Juan comprendió que cuando Hans Küng no puede ignorar las multitudes, las descalifica. Esas grandes movilizaciones serían obra de los "nuevos movimientos" conservadores y de un "público poco exigente y leal al Papa". Pero, asegura, los "católicos corrientes no organizados suelen permanecer al margen de las grandes concentraciones". Juan no sabría decir si los que le rodeaban en la cola eran gente especial. Por lo que había podido charlar con algunos, sabía que se habían sumado al homenaje a Juan Pablo II de manera espontánea, sin tiempo para organizarse. Lo que estaba claro era que se trataba de un público exigente consigo mismo, a juzgar por lo que aguantaba. Pero, aunque a Hans Küng no se le cae de la boca la invocación del Pueblo de Dios, se ve que a estos los consideraba como "sin papeles" de la Iglesia.

    Terminó el artículo del teólogo: "El resultado es que la Iglesia católica ha perdido por completo la credibilidad de la que gozó durante el papado de Juan XXIII y tras el Concilio Vaticano II". Pasó al lado de una de las grandes pantallas, donde vio arrodillados ante los restos de Juan Pablo II a los Bush y a Bill Clinton. ¡Vaya suerte la de esos tíos, y sin hacer cola! La radio comentaba que más de doscientos jefes de gobierno estarían en las exequias de Juan Pablo II. Los musulmanes saludan a un gran hombre de paz. Personalidades judías honran al Papa que rompió un muro de incomprensión entre católicos y judíos. En el continente negro lloran al gran amigo de África... Juan pensó que con las exequias de Juan Pablo II la credibilidad de Hans Küng quedaba en estado terminal.

Con la autorización de:   www.aceprensa.com

 

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