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Ratzinger, un Papa profesor
Con una importante experiencia de varios años
como profesor universitario, Benedicto XVI es uno de los Papas con mayor preparación
académica en la historia de la iglesia católica y en su currículum figuran una carrera
universitaria, un doctorado e incluso un vicerrectorado.
En cuanto a lo religioso, él fue parte importante en
la creación del Catecismo de la Iglesia Católica, elemento importante en la Educación
de esta religión en el mundo.
La academia
Después de haber participado en su natal Alemania como integrante de las filas de los
servicios auxiliares antiaéreos, el entonces joven Joseph Ratzinger estudió en la
Escuela Superior de Filosofía, en Freising, y posteriormente cursó un doctorado en
Teología en la Universidad de Münich.
Sin interrumpir sus estudios, se ordenó sacerdote en
1951, y en 1959 empezó a trabajar como profesor de Teología. En 1963 trabajó en la
Universidad de Munster y en 1966 fue catedrático en la Universidad Tubinga hasta 1969.
También impartió clases de Dogmática e Historia del Dogma en la Universidad de
Ratisbona, de la cual fue Vicerrector de 1969 a 1977.
Gracias a sus méritos académicos, recibió el
nombramiento de Doctor Honoris Causa de diversas universidades, como la de Navarra, en
1998; y la Libera Università Maria Santissima Assunta, de Roma, Italia, en 1999.
En Latinoamérica también recibió este nombramiento en la Pontificia Universidad
Católica, de Perú, en 1986.
Otros Pontífices, como Juan Pablo II, han tenido
diversos estudios profesionales, pero pocos han tenido una vida académica tan diversa y
activa como la de Benedicto XVI.
De cerca
Parece que el trabajo de Joseph Ratzinger como profesor le llena de orgullo y, en
momentos, también le despierta ciertas añoranzas.
En 1998, cuando el entonces cardenal iba a recibir la
condecoración de doctor honoris causa en la Universidad de Navarra, un teólogo de esa
casa de estudios, Joseph-Ignasy Saranyana, le preguntó sobre el traje que le gustaría
portar durante la ceremonia: filetata o clergyman.
Y respondió: traje de profesor´,
recuerda Saranyana. Lo que noté siempre en él fue una gran añoranza de los
tiempos que había pasado como docente, menciona.
Ratzinger siempre ha tenido presente el tema de la
Educación, especialmente en el tema de la fe, asegura el académico de la Universidad de
Navarra.
La Educación es uno de los temas que siempre le
preocupó más, afirma, el Papa ha sido una de las personas que más ha estado
implicada dentro de todo el proceso de la redacción del catecismo de la iglesia católica.
Indica que Ratzinger encabezó desde finales de los 80
la comisión que se encargó de redactar ese catecismo, bajo las órdenes de Juan Pablo
II.
Saranyana dice que el nuevo Papa considera que el
Catecismo es una pieza capital y, de hecho, también ha tenido mucho que ver con la
versión oficial que pareció en 1997, después de un periodo de corrección detallada que
él también dirigió personalmente durante un periodo que duró unos cinco años.
También dirigió directamente el catecismo de
la iglesia católica alemana, que es de mediados de los 80, explica.
En ese catecismo puso especial cuidado en que el
documento fuera más didáctico, más exacto y más conveniente, señala.
Por su formación profesional, poco común en
religiosos de esta talla, parece que Benedicto XVI conoce bien el tema de la Educación,
el cual puede resultar importante y útil para poder difundir y preservar la religión
católica en los nuevos tiempos en todo el mundo, lo cual será una de las tareas de su
pontificado.
Carlos TOMASINI
Con la autorización de: www.magisnet.com
Benedicto XVI y las otras religiones
El Santo Padre ha mostrado su convicción de que Cristo ha revelado
a la Iglesia la plenitud de la verdad sobre Dios
Pbro. Luis-Fernando Valdés
Fue muy llamativo que los vaticanistas mexicanos comentaran que la elección del Benedicto
XVI sería un paso atrás, en el diálogo de la Iglesia Católica con las otras
religiones. El motivo aducido consistía en que el entonces Cardenal Ratzinger había
elaborado la Declaración «Dominus Iesus», fechada el 6 de agosto de 2000, y aprobada
por Juan Pablo II.
Y, a partir de ese dato, esos vaticanistas sacaban dos conclusiones: La primera era que la
Iglesia se mostraba intolerante respecto a las otras religiones, porque ese documento
indicaba que sólo la fe católica es la religión verdadera. Y la segunda hacía
referencia a la personalidad del Cardenal: se trataba de un hombre intransigente.
Para un lector exigente, esa conclusiones dejan mucho que desear. En primer lugar, vale la
pena entender bien el contenido y el contexto de esa Declaración pontificia. Y a
continuación interesa saber cuál el es pensamiento de Benedicto XVI sobre este tema, y
en base a sus palabras juzgar si es un hombre abierto al diálogo o no.
La Declaración «Dominus Iesus» fue la respuesta a la postura de algunos teólogos que
confiesan que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero piensan la revelación
de Dios en Cristo no puede ser considerada completa y definitiva, sino que debe ser
siempre considerada en relación con otras posibles revelaciones de Dios. De este modo, se
introduce la idea errada de que las religiones del mundo son complementarias a la
revelación cristiana.
Para el entonces Card. Ratzinger el «principio de la tolerancia y respeto de la libertad
es hoy manipulado y superado indebidamente cuando se extiende al aprecio de los
contenidos, como si todos los contenidos de las diversas religiones y de los conceptos no
religiosos de la vida se tuviesen que situar al mismo nivel, y ya no existiese una verdad
objetiva y universal, porque Dios o el Absoluto se revelarían con numerosos nombres, pero
todos ellos serían verdaderos. Esta falsa idea de tolerancia está relacionada con la
pérdida y la renuncia de la cuestión de la verdad, que hoy muchos consideran una
cuestión irrelevante o de segunda clase».
Por eso, este documento pontificio viene a recordar que ciertamente, las diferentes
tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, pero con la venida
de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los
hombres. Y afirma que esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera
las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad
indiferentista «marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una
religión es tan buena como otra» (cfr. Cap. VI).
Como se puede apreciar, la Declaración «Dominus Iesus» no plantea la intolerancia, sino
que sale al paso de un equívoco: que a nombre de la tolerancia se caiga en el
relativismo. Y desde ahí no puede deducirse, como hicieron esos vaticanistas, que el Papa
tenga una personalidad «dura e inflexible». Basta leer las primeras declaraciones de
Benedicto XVI para ver su apertura hacia las otras religiones.
En su primera homilía como Papa tuvo unas palabras para «aquellos que siguen otras
religiones». Se dirigió a ellos «con sencillez y cariño para asegurarles que la
Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en búsqueda
del verdadero bien del ser humano y de la sociedad» (20-IV-2005).
Y el día anterior a la inauguración solemne de su Pontificado dirigió este mensaje a
los representantes musulmanes que asistirían a ese evento. «Os aseguro que la Iglesia
quiere seguir construyendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones
para buscara el bien verdadero de todas las personas y de la sociedad entera»
(25-IV-2005).
El Papa Benedicto XVI ha mostrado su convicción de que Cristo ha revelado a la Iglesia la
plenitud de la verdad sobre Dios, y que esa firmeza nada tiene que ver con la intolerancia
ni con el relativismo. Y ha dado muestras de una actitud personal de apertura al diálogo
con las otras religiones.
El Padre Luis-Fernando Valdés, Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología, es
Capellán del Colegio Álamos y Profesor del Seminario Conciliar de Querétaro.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
Con la autorización de: www.encuentra.com
La crisis del relativismo en
Europa
Marcello Pera
ABC, 2.V.05
>> Entrevista de Juan Manuel de Prada a MARCELLO
PERA, Presidente del senado de ITALIA
ROMA. Catedrático de Filosofía de la Ciencia en la
Universidad de Pisa, este toscano de mirada penetrante y ademanes circunspectos sucumbió
a la tentación política hace menos de diez años. Marcello Pera es el presidente del
Senado italiano desde 2001. Autor de muy diversos libros -como una aproximación al
pensamiento de Popper o un ensayo sobre el método inductivo en Kant y Hume-, publicó
hace apenas unos meses «Senza radici»(Mondadori), un compendioso volumen en
colaboración con el entonces cardenal Ratzinger, en el que se analizan algunos de los
males más acuciantes que corrompen Europa. Marcello Pera recibe a ABC en una sala noble
del Palacio del Senado, donde se firmara la Constitución italiana.
-Quizá convendría que explicásemos al lector español cómo surgió la idea de este
libro.
-De una conversación que mantuve con el cardenal Ratzinger. Fui invitado a pronunciar una
conferencia en la Universidad Pontificia de Roma y me dirigí a él, porque lo conocía a
través de sus escritos, pero no personalmente, y lo invité a hacer lo mismo en el
Senado. Aceptó y arreglamos nuestras agendas. Pronuncié mi conferencia el 12 de mayo de
2004 y, al día siguiente, el cardenal Ratzinger fue al Senado y pronunció la suya.
Descubrimos de inmediato que ambos teníamos muy similares visiones e ideas, así que
continuamos nuestras conversaciones y encuentros, hasta que concebimos la idea de publicar
nuestras conferencias, añadiendo otros materiales, a los que dimos forma epistolar.
-¿Qué fue lo que más le llamó la atención en el cardenal Ratzinger?
-En su trato conmigo, el entonces cardenal demostró ser una persona sumamente agradable,
gentil, tímida, pero al mismo tiempo dulce; y enseguida descubrí que tenía un enorme
carisma, una fuerte personalidad. Bastaba mirar a sus ojos para percibirlo. Frente a los
clichés que se han arrojado contra él, he de decir que el nuevo Papa es una persona de
mente muy abierta y receptiva, que entiende perfectamente el mundo actual y muestra una
gran curiosidad por la cultura contemporánea.
-En «Senza radici» disecciona el relativismo que atenaza Europa. Una de las primeras
consecuencias de este pensamiento débil es su incapacidad para proclamar la superioridad
de nuestra cultura sobre otras.
-Antes de llegar a proclamar esta superioridad, existe una cuestión previa: primero
debemos establecer el valor intrínseco de nuestra cultura, que ha inventado ideas
universales. El liberalismo, la separación entre la sociedad civil y el Estado o entre la
Iglesia y el Estado, el Estado de Derecho, la democracia, las declaraciones -que recuerdo
que denominamos «universales»- de derechos... Éstas y otras son criaturas típicas,
originarias y propias de Occidente. Tenemos que ser conscientes del valor de estas ideas
que hemos desarrollado a lo largo de los siglos. Europa ha perdido la capacidad para
evaluar la importancia de estas aportaciones; y, si pierde la capacidad para valorarlas,
no puede considerarlas en comparación con otras. O bien, se decide que todas las culturas
son iguales, que tienen el mismo valor ético. Y esto es falso: no todas las culturas
tienen el mismo valor ético. Los relativistas, ante las culturas que rechazan nuestras
instituciones, probadamente beneficiosas para el desarrollo moral, político o económico
de los pueblos, no aceptan que nuestra cultura sea mejor, ni siquiera preferible; en todo
caso, pueden decir educadamente que se trata de culturas «diversas». La democracia es
mejor que la teocracia; una constitución, mejor que la sharia; una decisión
parlamentaria, mejor que una sura; una sentencia judicial, mejor que una fatwa.
-¿Cómo explica el sentimiento de culpabilidad o incluso de inferioridad que ha germinado
en Europa?
-Esta es una contradicción del relativismo. Porque al mismo tiempo que proclama que todas
las culturas son iguales, se siente culpable de los errores que nuestra cultura ha
cometido, de la situación existente en otros países, donde hay gente que se muere de
hambre... Pero subyace una contradicción. ¿Por qué hemos de sentirnos culpables de lo
que ocurre en un mundo que escapa a nuestro control? Nosotros hemos inventado el concepto
de libertad, de democracia; hemos ahondado en la ciencia y la tecnología... valores
universales que tienden a expandirse y que, si hay países en donde no se han
desarrollado, es porque han preferido no aceptarlos.
-¿No cree que en la filosofía de la omisión que caracteriza el pensamiento débil
subyace el sentimiento de inferioridad? Los europeos, ante fenómenos como el terrorismo,
diríase que prefiriesen no hacer nada...
-Si no eres consciente de los valores, de la dignidad y de la importancia de tu propia
cultura, entonces no sientes la necesidad de defenderla. Y cuando eres atacado por el
fundamentalismo y el terrorismo, no tendrás argumentos para defenderte. Surge entonces en
el relativista esta pregunta terrible: «¿Por qué he de defender mi cultura, si no es
mejor que cualquier otra?». Este relativismo imperante, de consecuencias tan nefastas,
llega a considerar la exportación de la democracia como la «imposición» de una forma
de vida sobre otra forma de vida igualmente legítima, digna, respetable, por lo cual la
operación se considera violenta. En Europa cunde la idea de que el terrorismo es una
guerra reactiva y no agresiva. Y que, por tanto, bastará que seamos condescendientes con
nuestros enemigos, con que cesemos en nuestra agresión, para conjurar su amenaza.
-En «Senza radici» dedica palabras muy fuertes a intelectuales como Chomsky o Saramago,
que, procedentes de la izquierda, se han convertido en paladines del relativismo,
mostrándose comprensivos con ciertas acciones terroristas...
-Estos intelectuales parten de la consideración de que Occidente es culpable. Y, por
tanto, todo lo que ocurra en el mundo es culpa nuestra. Pero la atmósfera cultural está
cambiando. El relativismo está decayendo, no sólo porque se hayan desvelado sus errores
filosóficos, sino por sus nefastas consecuencias políticas.
-Y, sin embargo, este relativismo ha encontrado cobijo entre la izquierda intelectual.
-Se trata de una extraña paradoja, porque la izquierda nunca había sido relativista,
sino que se había caracterizado por sus ideas muy fuertes y rígidas. La izquierda
poseía una filosofía propia de la historia, del progreso, de la naturaleza. Pero sí, es
cierto que se ha producido un extraño maridaje entre la izquierda occidental y el
relativismo, un fenómeno digno de estudio.
-En un contexto como el que pinta, la verdad se convierte en un concepto fundamentalista.
Nadie puede afirmar que algo sea verdad.
-Cuando alguien afirma la verdad de un objetivo, de una tesis, de una teoría, el
relativista lo tacha de arrogante y dogmático. Esto es un gran error filosófico. Si no
tienes una idea cierta de cuál es la verdad, es porque no te respetas a ti mismo, ni
respetas las ideas en las que crees. Quizá la verdad no exista como posesión, pero sí
como idea de trabajo a la cual nos acercamos gracias a la investigación -en el caso de un
científico-, del progreso -si eres un político-, del esfuerzo -si eres un empresario-...
-¿Cree que enunciar que nuestra cultura es superior a otras formas de cultura es una
verdad?
-Puede ser una verdad, en efecto. Pues, gracias a nuestra cultura, durante los últimos
cinco siglos hemos desarrollado la ciencia, el liberalismo, la democracia, la igualdad y
la libertad. Estas ideas han probado ser mejores que otras por sus consecuencias: la gente
vive en mejores condiciones en nuestro ámbito cultural, disfruta de derechos más
amplios, etcétera. En este sentido, las consecuencias políticas, sociales, económicas
de estas ideas que se han desarrollado en nuestra cultura son mejores que las
consecuencias de otras ideas. Pero ¿cuál es la fuente de la que emanan estas ideas? ¿El
relativismo? No, la mayoría, si no todas, proceden de la tradición cristiana.
-Sin embargo, Europa pretende enterrar esta tradición, renegando de sus orígenes
cristianos.
-Es cierto, pero nunca podrán hacerlo, por mucho que se esfuercen. No si eres un
creyente, porque estas ideas serán para ti mandamientos divinos. Si no eres un creyente,
justificarás dichas ideas en diferentes términos, pero tendrás que reconocer que
proceden de la tradición cristiana. El concepto de dignidad humana procede del mensaje
del Dios que se hace hombre. Nuestra actitud de tolerancia y respeto al prójimo, no
importa cuál sea su raza o condición, es tributaria de esta revolución cristiana. Y,
querámoslo o no, la separación entre Iglesia y Estado no puede entenderse sin aquella
formulación que distingue entre lo que es de Dios y lo que es del César.
-¿No cree que existe en Europa una hostilidad visceral contra la dimensión pública del
cristianismo?
-Basta que te confieses cristiano para que se te considere pasado de moda. Porque la
cultura europea ha perdido la idea de sus orígenes, de lo que es su esencia. ¿Cuál es
el concepto en el que se funda la democracia? La dignidad de la persona; de ahí emanan
todos los logros democráticos: la igualdad, la libertad, la tolerancia... Pero ¿de
dónde procede ese concepto, sino de la tradición cristiana? Cuando se pierde la noción
de los orígenes, surge un sentimiento de vergüenza de profesar la fe cristiana.
-Llegados a este punto, hemos de aclarar a los lectores que usted no es creyente. Pero en
«Senza radici» postula una «religión civil no confesional». ¿Podría explicar el
concepto?
-Postulo una religión civil que sepa trasfundir sus valores en esa larga cadena que va
desde el individuo a la sociedad civil, pasando por la familia, los grupos y asociaciones,
sin afectar los programas de Gobierno, partidos políticos y, por supuesto, sin tocar la
separación entre Iglesia y Estado. Por la sencilla razón de que las ideas que admiro
proceden de la tradición cristiana: dignidad de la persona, derechos humanos, igualdad...
Aunque no sea creyente, acepto las consecuencias de estas ideas e intento justificarlas en
términos históricos.
-Quizá sea esta asunción de valores cristianos desde el agnosticismo lo que le impulsa a
defender la idea cristiana de familia...
-La idea de familia, que en estos días está siendo muy discutida en España, es una idea
natural y biológica, una idea social y política, una idea cultural, sistematizada por el
derecho romano, una idea a la que se añaden connotaciones religiosas. Se pueden soslayar
los aspectos religiosos de la familia, pero es una inconsciencia soslayar los otros
aspectos. La familia es un fenómeno natural; aunque no seas creyente, no puedes admitir
la destrucción de un concepto tradicional de familia. El concepto de familia preexiste a
una tradición cristiana.
-Una de las principales diferencias de Europa con EE.UU. es que allí existe un
reconocimiento implícito de ideas religiosas y morales en su ley.
-Existe una diferencia fundamental. En América, la separación estricta y rigurosa entre
la Iglesia y el Estado existe desde sus mismos comienzos, pero esto no implica la
separación entre la política y la religión, porque la religión se ha desarrollado en
la sociedad civil y se ha convertido en parte de la política. En la Europa relativista
nos hallamos no sólo con la separación entre Iglesia y Estado, sino también entre
religión y política; estas dos separaciones no son lo mismo. Recordemos la famosa y
fantástica definición de América aportada por Chesterton: «América es una nación con
el alma de una iglesia». De ahí que yo reivindique la necesidad de una «religión
civil» que asuma un legado de valores fundamentales y les otorgue aliento político.
-Debo entender que no es usted demasiado partidario del Tratado Constitucional europeo...
-Para hacer una Constitución es necesario tener confianza en los principios que la
inspiran y en tu identidad. Detecto que Europa no confía en sus principios. Si tus ideas,
principios e identidad no están claros para ti, es muy difícil plasmarlos en una
Constitución, que es un espejo donde se demuestra cómo eres y lo que deseas ser. Europa
piensa que todas las culturas son equivalentes, se niega a juzgarlas, considera que
aceptar la propia sea un acto de hegemonía, un gesto de intolerancia, una actitud
antidemocrática, poco respetuosa de los pueblos y las personas. En un contexto así, la
mención al cristianismo se hacía ina-ceptable, sospechosa de arrogancia. Quienes creemos
que esta Constitución no es la mejor posible aún tenemos otra oportunidad: soy más bien
pesimista sobre la ratificación en Holanda o Gran Bretaña. Hubiese preferido otro texto:
dejando aparte los valores culturales, hablando de estricta eficiencia política, esta
Constitución no es la mejor posible.
-Como sin duda sabe, nuestro presidente, Rodríguez Zapatero, es uno de los campeones del
relativismo...
-Lo sé, y estoy verdaderamente atónito ante su actitud, considerando la historia de
España. Reconocer los derechos de los homosexuales es irreprochable, por el mero hecho de
que son personas y poseen una inalienable dignidad. Pero el matrimonio es diferente, tiene
otro objetivo: cuando un hombre le dice a una mujer «te quiero» significa algo distinto
que cuando dos hombres o dos mujeres se lo dicen entre sí. Se pueden respetar los
hábitos y preferencias, pero si me pregunta sobre límites morales, sí, considero que
existen unos límites morales. Además, en este caso, esos límites no son solamente
morales, son naturales.
Con la autorización de: www.interrogantes.net
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