04. El talento de unos campesinos

Hace muchos años, muchísimos años, el diablo andaba suelto por los pueblos y por las ciudades, por los caminos y por los campos.

   En una ocasión estaban  trabajando unos labradores en una huerta y se vieron sorprendidos por el diablo que llegó hasta ellos sin haberlo visto venir. Sin dar siquiera los buenos días dijo con una voz potente y cavernosa. «Ya sabéis que soy el amo de medio mundo; por lo tanto, tendréis que darme la mitad de la cosecha que recojáis en esta huerta.

   Los labradores, que no temían al diablo porque eran  buen a gente, le ofrecieron la mitad de lo que sacasen bajo tierra y el diablo aceptó y se marchó pensando en las ricas patatas asadas que podría comer, ya que dispone siembre de tanto fuego en su reino. Pero los campesinos sembraron trigo y quiso Dios que la cosecha fuese muy abundante; precisamente volvió el diablo cuando estaban segando y se enfadó mucho viendo que solo le darían la mitad de la cosecha que sacasen bajo tierra y en este caso era nada.

   Al siguiente año también se presentó el infernal personaje y exigió de los labradores que le diesen la mitad de la cosecha que tuvieran encima de la tierra. Entonces sembraron nabos y patatas, que dieron un rendimiento extraordinario.

No faltó el diablo el día de la recolección en el campo de nuestros buenos y agudos labradores; pero éstos llenaron muchos sacos de patatas y de nabos, que se crían debajo de la superficie de la tierra y dejaron para el diablo la parte que le correspondía, es decir, las hojas y los tallos que no sirven para nada.

   Ya podéis suponer que se marchó a sus dominios del infierno con un humor de mil diablos al convencerse de que no era cosa fácil engañar a las personas trabajadoras y buenas.

Pedro Arnal Cavero

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