05. Los algarrobos

   Los algarrobos (árboles) no lloran, pero, a veces, se ponen tristes. Uno de ellos me lo contó un atardecer entre dos luces. En el plácido silencio que invade el colegio con la salida del último autobús, me fui a pasear en compañía de mis pensamientos, y al llegar al final de las gradas de cemento del Mestallón, me salió al encuentro un algarrobo viejo, bajito y maltrecho. Me dijo:

   -Soy el juguete de todos los chicos. Se me suben encima y me tiran  del pelo. En mi tronco vacío arrojan piedras, las sobras de sus bocadillos y muchos papeles sucios. En mis oquedades ocultan, a veces, sus infantiles hurtos. Hasta una revista de «esas» escondieron un  día.

   Se puso colorado el algarrobo, al insinuarme esto, y acabó diciéndome que estaba triste, porque se sentía cómplice de las aventuras de los chicos. Mientras yo intentaba consolarlo, se fue acercando, silenciosos como sombras, los otros algarrobos: los de la ermita, los del búnquer, los del gimnasio, los de Secretaría, todos.

   Se les veía cansados, con las hojas cachas y con ojeras en las ramas. Empezaron a hablar entre ellos. Yo me despedí:

   – Hasta mañana, si Dios quiere.

   – Si Dios quiere -me contestaron.

   Mientras me apartaba de ellos, puede entenderse que, al maltrecho algarrobo del Mestallón, le decían:

   – Te cansan los niños, pero no puedes pasar sin ellos: eres como los abuelos. Con el descanso de la noche, mañana te alegrarás de tenerlos en tus ramas.

   Lo último que oí fue esto:

   – Además, si en esta edad tan frágil, nosotros nos quebramos, ¿dónde encontrarán apoyo? ¡Nos necesitan  con nuestra firmeza!

   Me retiré de ellos y, a lo lejos, con los ojos del pasado, empecé a mirarlos. Sus troncos están vacíos y carcomidos: parecen viejos decrépitos de tanto dar y aguantar. Aunque a punto de morir en cada invierno, nunca les falta el follaje que sombrea, ni dejan de dar los frutos de sus arrugadas ramas en todas las primaveras.

   Antes de que el colegio existiera, ya estaban aquí los algarrobos. Se mantienen, como si siempre hubieran sido como son. Enraizados en la roca que aflora en el monte Vedat, permanecen tan  firmes como ella misma.

   Han pasado promociones y promociones de niños, de adolescentes, de jóvenes. Y los algarrobos a todos han dado sombra; de todos han soportado destrozos; han escuchado proyectos de travesuras; han guardado en sus huecos los secretos de la adolescencia; y han atendido, desde el rumor de sus hojas, las ilusiones nobles de los jóvenes limpios. Son testigos mudos del trabajo lento e imperceptible que se obra, año tras año, en la variopinta bulla que juega junto a ellos.

  Por esto, también los algarrobos sonríen, cuando la brisa zarandea sus azucaradas castañuelas secas, que han sobrevivido al expolio de los niños.

   ¡Qué alegría, verlos serenos e inmutables en un lugar en el que todo parece fugaz y alocado como los propios chicos!

   Son los algarrobos los que ponen su sello de perennidad a las ideas que forjan a los hombres recios.

   No tienen nombre; pero todos los conocemos.

   Samuel Valero

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