08. Rabicún

Los niños de Rabicún, al terminar sus clases por la tarde, solían ir a nadar al río si hacía buen tiempo o daban paseos por el bosque.

   Llegó el mes de noviembre, y los niños de Rabicún esperaban  impacientes la llegada del día doce: era el cumpleaños de Julián, y habían reunidos entre todos unas cuantas chucherías con las que pretendían sorprender a su amigo: pero no solo por eso estaban impacientes, también querían saber cuál sería el regalo que el rey haría a su hijo. Porque, naturalmente, lo disfrutarían entre todos.

   El día de su cumpleaños, Julián reunió a todos los chicos en el castillo y organizó una estupenda merienda en la que abundaron bollos y pasteles, sin  falta, por supuesto, una gigantesca tarta que fue devorada rápidamente por los niños.

   Al terminar la fiesta, el rey entregó un gran paquete redondo a su hijo.

   -Espero que te haga ilusión -le dijo, a la vez que le daba un beso.

   -¡Ábrelo ya, Julián! -exclamó impaciente Casilda.

   -¡Venga! ¡Venga! No seas pesado -gritó Renato.

   Julián desenvolvió apresuradamente el paquete y mostró a sus amigos un enorme balón de fútbol: era realmente magnífico, fuerte, duro como los de verdad. En Rabicún los niños eran muy aficionados a jugar, y tenían un pequeño campo de fútbol delante de la escuela.

   -¡Es estupendo! Muchas gracias, papá -gritó entusiasmado Julián-. Ahora podremos organizar verdaderos campeonatos.

   -Con lo duro que es no se pinchará nunca, ni aunque se nos escape a los matorrales que hay en la verja de la escuela -dijo Tino.

   Aquella misma tarde formaron dos equipos y organizaron un campeonato que jugarían por la tarde, a la salida de la escuela.

   La afición al fútbol fue cada día mayor. Aprendieron a regatear y a sacar con la cabeza, a chutar con fuerza y a parar la pelota, incluso en las ocasiones más difíciles.

Rabicún. Patricia Barbadillo. Editorial S.M.

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