10. Poema del Cid

En Valencia con los suyos vivía el Campeador;
Con él estaban sus yernos, Infantes de Carrión. 
Un día que el Cid dormía en su escaño, sin temor, 
un mal sobresalto entonces, sabed, les aconteció: 
Escapose de una jaula, saliendo fuera, un león. 
Los que estaban en la Corte sintieron un gran temor; 
recogiéronse sus mantos los del buen Campeador, 
y rodean el escaño en guarda de su señor. 
Allí Fernando González, infante de Carrión, 
ni en las salas ni en la torre ningún refugio encontró; 
metiose bajo el escaño, tan grande fue su pavor. 
Diego González, el otro, por la puerta se salió diciendo con grandes gritos: 
-¡Ay, que no veré Carrión! 
Tras la viga de un lagar metiose con gran temor; 
todo el manto y el brial sucios de allí los sacó. 
En esto que se despierta el que en buen hora nació; 
de sus mejores guerreros cercado el escaño vio: 
-¿Qué pasa aquí, mis mesnadas? ¿Qué queréis? ¿Qué aconteció? 
-Es que, mi señor honrado, un susto nos dio el león. 
Apoyándose en el codo, en pie el Cid se levantó: 
El manto se pone al cuello y encaminose al león. 
La fiera, cuando vio al Cid, al punto se avergonzó; 
allí bajó la cabeza, y ante él su faz humilló. 
Nuestro Cid Rodrigo Díaz por el cuello lo tomó, 
y lo lleva de la mano, y en la jaula lo metió. 
A maravilla lo tiene todo el que lo contempló. 
Volviéronse hacia la sala donde tienen la reunión. 
Por sus dos yernos Rodrigo preguntó, y no los halló; 
aunque a gritos los llamaban, ni uno ni otro respondió, 
y cuando los encontraron, los hallaron sin color. 
No vieseis allí qué burlas hubo en aquella ocasión; 
mandó que tal no se hiciese nuestro Cid Campeador. 
Sintiéronse avergonzados Infantes de Carrión; 
fiera deshonra les pesa de lo que les ocurrió.    Anónimo. Poema del mío Cid (Versión de Francisco López Estrada.)

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