100. Alarma en la ínsula

Entonces le dijo a Sanchica que le sirviera al paje unos huevos
con tocino y, mientras tanto, ella se fue a buscar a un monaguillo
al que conocía y le dio un par de bollos a cambio de que le
escribiese dos cartas: una para Sancho y otra para la duquesa.
Luego, volvió a casa con las cartas y con un saco enorme lleno de
bellotas, y le dijo al paje:
   -Esto es para vuestra señora.
   El paje se guardó las cartas, atravesó el saco en las ancas de su
caballo y volvió a toda prisa al palacio de sus señores. Y, cuando
los duques leyeron al fin las cartas de Teresa, estuvieron a punto
de morirse de risa, pues la buena mujer disparataba de lo lindo. Lo
que más repetía era que tenía muchas ganas de pasearse en coche,
aunque las envidiosas del pueblo la llamasen villana y harta de ajos
cuando la viesen arreglada como una reina.
   Y es que la pobre Teresa no sospechaba que el poder de su marido
se iba a deshacer en dos días como el humo en el viento. Sucedió
que, en la séptima noche de su gobierno, cuando Sancho dormía en
su cama, comenzó a sonar de pronto un horrible estruendo de
campanas y voces, tambores y trompetas, tan grande que parecía
como si toda la ínsula se estuviera hundiendo. Confuso y temeroso,
Sancho saltó de la cama y salió de su cuarto en camisón, y entonces
vio que por todas partes corrían soldados con las espadas en alto
gritando: «¡alarma, alarma!».
   -¡Ármese, señor gobernador -le dijo uno de ellos-, que han entrado
 infinitos enemigos en la ínsula y sin vuestra ayuda no haremos nada!

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