102. Sancho Panza se marcha

De modo que lo pusieron en pie, le quitaron los escudos y le dieron
un buen  trago de vino, y entonces Sancho volvió a su cuarto sin decir
nada y comenzó a vestirse en silencio. Luego, muy poco a poco
porque estaba molido, se fue a la caballeriza,  adonde le siguieron
todos los demás, y, tras abrazar y besar a su borrico, le colocó la
albarda mientras le decía entre lágrimas:
   -¡Ven aquí, amigo mío! ¡Qué felices eran mis días cuando no tenía
más cuidado que alimentar tu corpezuelo! Pues, desde que me subí a
las torres de la ambición, no ha tenido mi alma ni una sola hora de
descanso.
   Y luego montó en el asno y les dijo a los que allí estaban:
   -Abridme paso, que me voy, pues yo no nací para defender reinos,
y prefiero hartarme de ajos y dormir al pie de una encina que temblar
de miedo en una blanda cama y permitir que un médico Tirteafuera me
deje en los huesos mondos.
   -No se vaya, señor -dijo entonces el doctor Recio-, que yo prometo
que en adelante le dejaré comer en abundancia.
   -¡Ya es tarde, amigo! -respondió Sancho-. Los Panzas somos muy
testarudos, y cuando decimos que no es que no, y no hay que estirar
más el brazo que la manga y cada oveja con su pareja. Y déjenme
pasar, que se me hace tarde.
   Todos los que estaban allí lo miraban con tristeza, arrepentidos de
haberle tratado tan mal, pero, por más que le insistieron para que se
quedase, Sancho no dio su brazo a torcer, sino que se despidió con
muchas lágrimas y se marchó diciéndose: «Ahora ya sé que no nací
para gobernar y que las riquezas que se ganan en las ínsulas son a
costa de perder la comida y el sueño».

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