105. Se despiden de los duques

Cuando los duques se enteraron de lo que le había pasado a
Sancho, quedaron muy asombrados, y enseguida enviaron a
muchos criados con cuerdas, que con no poco trabajo sacaron al
asno y a su amo a la luz del sol. Y cuando Sancho entró por fin en el
castillo, se arrodilló ante los duques y les dijo:
   -Yo, señores, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, de la que
vuelvo sin haber ganado ni perdido nada. Ordené las leyes que mejor
me parecieron, hice justicia como mejor supe y estuve a punto de
morir de hambre por culpa de un médico que me puso a dieta.
Anteanoche nos atacaron los enemigos y salimos victoriosos, pero
mis hombros no podían llevar la pesada carga del gobierno, así que
decidí dejar la ínsula y volver al servicio de mi señor don Quijote,
pues con él al menos me harto de pan, aunque lo coma con sobresalto.
   Los duques abrazaron a Sancho y le prometieron otro oficio menos
duro que el de gobernador, pero don Quijote dijo:
   -No será necesario, pues mañana mismo volveremos a los caminos
en busca de aventuras.
   Aquella noche, Sancho se deshizo en lágrimas cuando le leyeron las
cartas de Teresa, porque le dio mucha pena pensar en qué poco había
quedado el deseo de su mujer de pasearse en coche. Pero al día siguiente
recobró la sonrisa cuando los duques le entregaron un bolsico de
doscientos escudos de oro para los gastos del camino.. Y así, más
animado y alegre que nunca, salió del castillo con rumbo a Zaragoza,
en compañía de su amo y a lomos de su querido borrico, del que se
prometió que nunca más habría de separarse ni por todo el oro del mundo.

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