106. Se ven en libertad

Cuando don quijote se vio ce nuevo a cielo abierto, libre para ir a
donde quisiera, se sintió tan feliz que dijo:
   -La libertad, Sancho, es uno de los dones más preciosos que han
recibido los hombres: vale más que todos los tesoros de la tierra y
del mar, y por ella conviene arriesgar la vida si es preciso, pues no
hay pena mayor en el mundo que ser esclavo de otro o verse cautivo.
   Aquella mañana, Rocinante no dejó de relinchar, y el borrico de
Sancho soltó desde su tripa más de diez olorosos suspiros, de lo que
se alegró mucho don Quijote, pues le pareció que todo aquello eran
 presagios de grandes victorias. Sin embargo, a media tarde el
caballero se dejó vencer por la tristeza, pues volvió a acordarse de
Dulcinea y se la imaginó brincando por los campos a lomos de una
borrica. Sancho no se había dado más que cinco azotes de los tres mil
que hacían falta para desencantar a la emperatriz de la Mancha, pero,
por más que don Quijote le insistió en que se azotase, no consiguió
ablandarle el corazón.
   -Tenga paciencia -decía Sancho-, que cuando menos lo espere me
dejaré el trasero hecho un colador.
   Aquella noche, amo y criado se recogieron en una venta, donde nada
más entrar toparon con un caballero que leía un libro. Y, al pasar por
su lado, le dijo el ventero:
   -¿Os gusta el libro, señor Jerónimo?
   A lo que respondió el caballero:
   -¿Cómo me va a gustar si está lleno de disparates? Y lo peor es
que pinta a don Quijote desenamorado de Dulcinea.
   Al oír aquello, don Quijote rugió encendido en cólera:
   -Quien diga que don Quijote ha olvidado a Dulcinea miente más que
habla, pues yo sé mejor que nadie que la princesa del Toboso reina en
mi corazón con más fuerza que nunca.

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