112. Atacados por una piara de cerdos

Don Quijote respondió que así lo haría, y con esa promesa, el
Caballero de la Blanca Luna se entró en la ciudad a medio galope,
rodeado por una nube de muchachos. Tras llegar al mesón donde se
hospedaba, se quitó la armadura, y aquella misma tarde  parió
camino de la Mancha. Pues debes saber, amable lector, que el
Caballero de la Blanca Luna no era ni más ni menos que Sansón
Carrasco, aquel bachiller que había intentado derrotar a don Quijote
haciendo de Caballero de los Espejos. Llevaba mucho tiempo tras
los pasos del hidalgo, y al fin lo había encontrado y vencido. Y de esta
manera había dado fin a su plan, pues don Quijote ya quedaba compro-
metido a volver a su aldea, donde podría curarse y recobrar el juicio.
   Mientras tanto, don Antonio y sus amigos levantaron del suelo a
don Quijote, que había perdido el color del rostro y tenía doloridos
todos los huesos del cuerpo. Seis días tuvo que pasarse en cama, en
los que no dejó de darle vueltas a la desgracia de su derrota. Sancho
cuidó de él y de Rocinante, que había acabado tan malparado como
su dueño. Y, aunque el buen escudero lamentaba el fin de aquellas
aventuras con las que esperaba llegar a rico, hizo todo lo posible por
mostrarse alegre ante su amo y consolarlo con tiernas palabras.
   Llegó así la hora de emprender el camino de regreso, en el que don
Quijote cabalgó despojado de su armadura y vestido con ropas de
diario. Y lo peor fue que en la primera noche de su viaje volvió a probar
el amargo sabor de la desgracia. Resultó que, cuando estaba
descansando con Sancho debajo de unos árboles, de repente apareció
una piara de más de seiscientos cerdos que unos hombres llevaban a
una feria. Y, sin guardar respeto a nadie, llegaron las bestias a la
carrera, gruñendo y resoplando, y se llevaron por delante a don Quijote,
a Sancho, a Rocinante y al borrico, que acabaron tumbados en el suelo y
pisoteados por cerdosas pezuñas. Sancho le pidió la espada a su amo
para matar a todos los puercos que pudiese, pero don Quijote contestó:
   -Déjalos estar, amigo, que el caballero que va vencido como yo es justo
que le muerdan los leones y le pisen los puercos.

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