114. Llegan a su aldea

Pero el muy pícaro dejó de dárselos en las espaldas y empezó a
darlos contra los árboles, lanzando un suspiro de vez en cuando, tan
hondo como si se estuviera arrancando el alma.
   -Basta, Sancho -dijo al fin don Quijote-, que ya te has azotado más
de mil veces.
   -Apártese vuestra merced y déjeme darme otros mil azotes azotes.
   Pero eran tan grandes los suspiros que daba Sancho que don Quijote
temió por su vida, así que acudió a quitarle las riendas y lo convenció
de que siguiera con el maltrato otro día. Sancho obedeció quejándose
por fuera y sonriendo por dentro, y en las dos noches siguientes
concluyó su azotaina a costa de las cortezas de otros cuantos árboles,
con lo que don Quijote quedó engañado pero feliz, convencido de que
Dulcinea ya estaba desencantada. Y justo al día siguiente del fin de los
azotes, asomó por fin la aldea de don Quijote en el horizonte, y, al
verla, se arrodilló Sancho y comenzó a decir:
   -Abre los ojos, deseada patria, y recibe con la gloria que merecen a
estos dos hijos tuyos…
   A lo que dijo don Quijote que se dejase de tonterías y subiera al
borrico para entrar en la aldea. Y, nada más llegar, se cruzaron con el
cura y con Sansón Carrasco, que los recibieron con grandes abrazos y
se ofrecieron a acompañar a don Quijote hasta su casa. Los chiquillos
del pueblo, que los vieron pasar, empezaron a gritar de calle en calle
que don Alonso y Sancho ya estaban de vuelta. Teresa Panza oyó la
buena noticia y salió de casa loca de alegría, con el pelo revuelto y a
medio vestir. Y, cuando vio que Sancho volvía a pie, le dijo:
   -¿Cómo es que no vienes en tu coche de gobernador?
   -Calla, Teresa -susurró Sancho-, que vengo más rico de lo que parece.
Dineros traigo, que es lo que importa, y ganados sin daño de nadie,
salvo de las cortezas de unos cuantos árboles.
     

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