116. Se confiesa antes de morir

Comprendió don Quijote que se estaba muriendo, pero recibió la
noticia con ánimo sosegado. En cambio, su criada, su sobrina y
Sancho comenzaron a llorar con mucho sentimiento, pues ya se ha
dicho alguna vez que don Quijote era un hombre bueno y se hacía
querer. Es caso es que, tras la visita del médico, el hidalgo durmió
de un tirón más de seis horas y, cuando despertó, comenzó a gritar
con mucha alegría:
   -¡Bendito sea Dios, pues acaba de devolverme el juicio! Ahora ya
sé que perdí la luz del entendimiento por culpa de los libros de
caballerías, que en otro tiempo leí con placer y hoy condeno y
maldigo con toda mi alma. Ya nunca más seré don Quijote, sino
Alonso Quijano, a quien en esta llaman El Bueno. Pero decidle al
cura que venga, que quiero que me confiese, y traedme a un
escribano para que pueda dictarle mi testamento, pues siento que
me voy muriendo a toda prisa.
   Con aquellas palabras, se deshicieron en lágrimas los ojos de todos
los que estaban en el cuarto, quienes no tuvieron dudas de que era
cierto que don Alonso se les iba. Entró el cura y lo confesó, y luego
don Quijote dictó su testamento, en el que le dejó a su sobrina su
casa y sus tierras, a la criada veinte ducados para un vestido y a su
escudero el salario que le debía por sus buenos servicios. Con esto,
entró Sancho en el aposento, y don Quijote le dijo:
   -Perdóname, amigo, por las veces que te he hecho parecer loco
sin serlo.

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