12. Combate con los molinos de viento

-Bien se ve, amigo Sancho, que no sabes nada de aventuras, porque
salta a la vista que son gigantes. Pero, si tienes miedo, apártate y ponte
a rezar, que yo voy a entrar en batalla.
   -¡Que no, señor, que son molinos! -comenzó a gritar Sancho, pero don
Quijote ya no podía oírle, porque corría a todo galope contra los gigantes
de su imaginación.
   Justo entonces el viento empezó a mover las grandes aspas de los
molinos, y don Quijote dijo:
   -¡Menead los brazos todo lo que queráis, que no os tengo miedo! -y luego
añadió mirando a los cielos-: ¡Oh señora de mi alma, fermosísima Dulcinea,
ayudadme en este combate!
   Llegó don Quijote al primer molino y le clavó la lanza, pero, como el viento
soplaba con tanta fuerza, las aspas siguieron girando, con lo que la lanza se
partió por la mitad y don Quijote y su caballo echaron a rodar por el suelo.
   -¡No le decía yo que eran molinos! -dijo Sancho, que llegaba corriendo
a socorrer a su amo.
   -Calla, amigo mío, que lo que ha pasado es que el mismo hechicero que
me robó los libros ha convertido estos gigantes en molinos para verme
vencido y deshonrado.
   El pobre caballero apenas podía ponerse en pie, pero Sancho le ayudó a
subir a lomos de Rocinante, que también tenía más de un  hueso desencajado.
Cuando volvieron al camino, don Quijote iba tan ladeado sobre su caballo
que parecía que fuera a caerse de un momento a otro.

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