18. El joven rey

Y se quedó dormido de nuevo y soñó, y éste era sus sueño: Creía encontrarse sobre la cubierta de una inmensa galera, movida a remo por cien esclavos. Sobre una alfombra, a su lado, estaba sentado el jefe de la galera. Era negro como el ébano, y llevaba un turbante de seda de carmesí. Grandes aros de plata colgaban de los gruesos lóbulos de sus orejas y tenía en sus manos una balanza de marfil.

Los esclavos estaban desnudos, con un solo taparrabos harapiento, y cada uno de ellos estaba encadenado a su vecino. El sol abrasador caía a plomo sobre ellos, y los negros corrían por el portalón y los azotaban con látigos de cuero. Alargaban sus brazos descarnados, empujando los pesados remos sobre el agua. Al golpe de los remos saltaba la espuma salobre.

   Por fin  llegaron a una pequeña ensenada y empezaron a hacer sondeos.

   No bien echaron el ancla y arriaron la vela, los negros bajaron a la cala y trajeron una larga escalera de cuerda, lastrada pesadamente con plomo. El jefe de la galera la arrojó por encima de la borda, sujetando los extremos a dos puntales de hierro. Entonces los negros cogieron al más joven de los esclavos y, quitándole sus grillos, le taparon con cera la nariz y los oídos y le ataron una enorme piedra a la cintura.

   Después de unos momentos salió el buzo del agua y trepó jadeante por la escalera con la perla en su mano derecha. Los negros se la quitaron y le obligaron a sumergirse de nuevo. Los esclavos se dormían sobre los remos.

   Una y otra vez apareció y se hundió trayendo siempre consigo una hermosa perla. El jefe de la galera las pesaba y luego las metía en un saquito de curso verde.

   El buzo subió por última vez, y la perla que trajo era más bella que todas las perlas de Ormuz, pues era más redonda que la luna llena y más blanca que la estrella matutina. Pero su rostro estaba extrañamente pálido y, al desplomarse sobre la cubierta, brotó sangre de su nariz y de sus oídos. Estremecióse durante un momento y luego quedó inmóvil. Los negros se encogieron de hombros y arrojaron el cadáver por encima de la borda.

   Y el jefe de la galera se echó a reír, y tendiendo la mano cogió la perla.

   -Será para el cetro del joven rey -dijo, e hizo una seña a los negros para que elevaran  el ancla.

   Y cuando el joven rey oyó esto, lanzó un gran grito y despertó, y a través de la ventana pudo ver los largos dedos grises de la autora apagando las estrellas pálidas.

   Óscar Wide

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