19. A Sancho lo mantean como a un muñeco

-Poco me importa a mí si sois caballero o bandido: pagadme y dejaos
de cuentos.
   -¡Vos sois un mentecato y un mal ventero! -dijo don Quijote con gran
indignación y, como no quería discutir, picó espuelas a Rocinante y salió
de la venta sin comprobar siquiera si su escudero le seguía.
   Entonces el ventero fue en busca de Sancho, pero Sancho le soltó que
si su amo no pagaba, él tampoco.
   -No temáis, señor ventero -dijeron entonces unos mozos fortachones
y bromistas que se alojaban en la venta-, que nosotros le haremos pagar
la cuenta a este desvergonzado…
   Y lo que hicieron fue sacar a Sancho a rastras hasta el patio, echarlo en
mitad de una manta y lanzarlo arriba y abajo como si fuera un muñeco.
   -¡Señor don Quijote, señor don Quijote! -clamaba Sancho a voz en grito-.
¡Venga a ayudarme, que me matan!
   Al oír aquello, don Quijote se detuvo y, viendo que Sancho no le seguía,
volvió al galope a la venta para ayudarle. Pero el ventero había cerrado
la puerta, así que don Quijote no pudo hacer otra cosa más que mirar
cómo su escudero volaba como un gorrión al otro lado del muro.
   -¡Gente endiablada -decía-, no lo maltratéis más!
   Media hora estuvieron los mozos manteando a Sancho, que volvió a
tierra firme tan mareado y confuso que apenas lograba dar un paso a
derechas. La compasiva Maritornes le ofreció un jarro de agua, pero Sancho
pidió un trago de vino, y lo pagó con su propio dinero. Y, cuando se lo acabó,
salió de la venta a lomos de su asno tan aprisa como pudo. El bálsamo y
el manteo lo habían dejado lastimado y dolorido, pero, cuando ya alcanzaba
a don Quijote, echó la vista atrás y dijo con cierta alegría:
   -¡Qué demonios, al menos no he pagado!

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