2. Se enamoró de Dulcinea del Toboso

«Me llamaré don Quijote de la Mancha», se dijo. «Batallaré contra gigantes y malandrines, defenderé a los huérfanos y a las viudas y me haré famoso con mis hazañas».

De modo que un día de julio al amanecer se puso una armadura de sus bisabuelos, montó a lomos de su caballo y se escapó por la puerta trasera de su casa, decidido a probar su valentía en mil y una aventuras. Llevaba una lanza y una espada que habían criado polvo en un rincón durante muchos años, y lo primero que hizo al salir de su aldea fue pensar en su amada Dulcinea del Toboso. «Seguro que estará bordando mi nombre con hilos de oro», se dijo. Y es que, como todos los caballeros andantes amaban a una princesa, don Quijote se había buscado una dama a la que adorar y servir. Tras darle muchas vueltas al asunto, había elegido a una moza labradora del pueblo del Toboso de la que había estado enamorado en otro tiempo. Se llamaba Aldonza Lorenzo, tenía sobre el labio un lunar que parecía un bigote y podía tumbar a un puerco con una sola mano, pero don Quijote le había dado el nombre principesco de Dulcinea y se la imaginaba como una dama criada entre algodones y con la piel más blanca que el marfil.

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