22. La limosna

Iba yo pidiendo de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuan do tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba maravillado quién sería aquel Rey de reyes.

   Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado.  Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.

   La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: «¿Puedes darme alguna cosa?»

   -¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¿Pedirle a un mendigo!

   Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y te lo di.

   Pero qué sorpresa la mía cuando al vaciar por la tarde mi saco encontré un granito de oro en la miseria de mi montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!

   Rabindranah Tagore

Volver a: Cuentos infantiles