22. Sancho Panza ata las patas de Rocinante

-Tú quédate aquí, Sancho, que yo voy a averiguar quién es el malandrín
que arma tanto escándalo -anunció don Quijote-. Y si en tres días no he
vuelto, vete al Toboso y dile a mi señora Dulcinea que he muerto batallando
en su honor.
   -¿Pero es que me va a dejar solo? -replicó Sancho echándose a llorar como
un niño-. Déjese de aventuras, señor, y vámonos de aquí ahora mismo, que
a veces se va por la lana y se vuelve trasquilado.
   -No quiero lágrimas, Sancho, porque ya sabes cuál es mi deber.
   Viendo que don Quijote no se ablandaba, el escudero decidió valerse de su
ingenio para no quedarse solo, y aprovechando un despiste de su amo, se
sacó el cinturón y le ató las patas a Rocinante. De manera que, cuando don
Quijote quiso marchar, no pudo hacerlo, porque el caballo no podía moverse
sino a saltos.
   -Eso es que Dios se ha conmovido con mis lágrimas -dijo Sancho Panza- y
ha ordenado que Rocinante no se mueva hasta que llegue el día.
   -Dices bien, Sancho, así que me quedaré contigo hasta que amanezca, pues
el buen cristiano debe obedecer a Dios.
   Durante la noche, los golpes no cesaron y, por culpa del miedo o de algo que
había comido, a Sancho se le revolvió el vientre, por lo que tuvo que
descargarlo. Pero, como no se atrevía a apartarse ni un pelo de su señor, se
bajó los calzones allí mismo e hizo con el menor ruido posible lo que nadie
podía hacer por él. Don Quijote, que era de olfato fino, notó en las narices los
vapores que soltaba su escudero, y protestó indignado:
   -Apártate, Sancho, que hueles mucho, y no de rosas. Apártate, te digo, y,
de ahora en adelante, tenme más respeto y no te alivies tan cerca de mí.

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