23. Sancho se ríe de don Quijote

   Así pasaron la noche, y cuando el primer rayo de sol alumbró el cielo,
Sancho Panza desató en silencio las patas de Rocinante, que empezó a dar
manotadas nada más verse libre. Entonces don Quijote dijo:
   -¡Ya es hora de batallar!
   Y echó a correr con su caballo hacia el lugar de donde venía el ruido. Con tal
de no quedarse solo, Sancho decidió seguir a su señor y, tras caminar un buen
rato bajo los árboles, llegó con él al pie de la cascada, donde había seis mazos
de batán  que eran los que daban los golpes. Al ver aquello, Sancho cambió
de pronto el miedo por la risa y le dijo a su señor en plena carcajada:
   -¿Esos eran los gigantes que iba a matar vuestra merced?
   Don Quijote agachó la cabeza de pura vergüenza, y se irritó tanto con las
risotadas de Sancho que levantó la lanza y le asentó dos buenos palos en las
espaldas.
   -¡Cierra esa boca, Sancho! -dijo-. ¡Si hubieran sido seis gigantes no te
burlarías tanto!
   Y con eso salieron del bosque y volvieron al camino.
   Al poco rato, comenzó a llover, y entonces vieron que se acercaba a lomos
de un asno un hombre que llevaba algo brillante en la cabeza.

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