29. La careta

En el país de la Murgañas hubo un murgañito al que sus amigos empezarlo a llamarlo Inmutable. Y es que era inmutable de verdad. Su rostro parecía sacado de un museo de cera. Hiciera lo que hiciera, oyera lo que oyera, dijera lo que dijera, jamás se notaba en su cara el más leve movimiento de un músculo. Ni fruncía el entrecejo, ni dibujaba una sonrisa en sus labios, ni se le notaba una contracción en las mejillas. Era una cara insensible, como esculpida en mármol. Nadie sabía si estaba enfadado o sereno, triste o alegre. Ni hoyetes en las mejillas ni granos sobre las cejas le aparecían.

   Por lo demás, su comportamiento era normal: estudiaba, conversaba, jugaba, saltaba, corría. Pero como si no tuviera sentimientos. Todos sus compañeros llegaron a creer que no los tenía, y les asustaba ver aquel rostro siempre frío. Procuraban evitar su trato.

   Y llegó un momento en que terminaron por huir de él, como de un monstruo. Esto ocurrió cuando, en cierta ocasión, un murgañito contó un chiste muy gracioso, y la garganta del Inmutable soltó una ruidosa carcajada sin que se percibiera en su cara ni una sola mueca. Les dio pavor aquella carcajada fría, como salida de una piedra inmutable. Desde entonces, lo rehuían. El pobre Inmutable tenía que andar siempre solitario.

   Hasta que un día, no soportando más la amargura de su soledad, se puso a llorar en un rincón. Se acercaron algunos murgañitos y vieron que era el Inmutable. Nunca habían visto que aquel rostro se hubiera descompuesto por nada. Y ahora estaba llorando de verdad; le corrían las lágrimas por las mejillas y toda su cara estaba desencajada por el llanto. Además todos advirtieron que sostenía algo raro en una mano.

   Los compañeros sintieron pena y, al mismo tiempo, se alegraron, porque el Inmutable había dejado de serlo: tenía sentimientos y los estaba manifestando. Él, superando la vergüenza, les mostró lo que tenía en la mano. ¡Era una careta! Era la careta que siempre había llevado puesta. Al fin, había conseguido ser sincero, mostrándose tal cual era.

   Samuel Valero

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