29. Los galeotes apedrean a don Quijote

   Al oír aquello, Pasamonte, que no aguantaba insultos de nadie, les guiñó el
ojo bizco a sus compañeros, que nada más ver la señal empezaron a coger
piedras del suelo y a tirarlas contra don Quijote. Sancho se refugió  de la
pedrisca detrás de su asno, y don Quijote intentó protegerse con el escudo,
pero aun así recibió tantas pedradas que cayó con Rocinante al suelo. Un
galeote le robó la chaquetilla que llevaba, otro le quitó la bacía e intentó
hacerla pedazos contra el suelo, y los demás corrieron hacia Sancho y le
quitaron la ropa hasta dejarlo en camisa.
   Cuando los galeotes se hubieron ido, Sancho comenzó a lamentarse diciendo:
   -¡Y lo peor es que la Santa Hermandad vendrá por nosotros para ahorcarnos!
   -¡Ay, Sancho -suspiró don Quijote llevándose las manos a la cabeza-, si te
hubiera hecho caso, no nos habría pasado todo esto!
   -¿A ver si así escarmienta! Ya hora corra si no quiere acabar en la cárcel, que
la Santa Hermandad no se anda con chiquitas.
   -Eres hombre cobarde, Sancho, pero esta vez seguiré tu consejo por
complacerte y nos esconderemos como dices.
   Así que Sancho levantó a su amo y a Rocinante, ayudó a don Quijote a montar,
subió a lomos de su borrico y luego los dirigió a todos hacia las ásperas
montañas de Sierra Morena, pensando en pasar allí unos cuantos días hasta
que la Santa Hermandad se olvidase de ellos.

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