30. Don Azote en Sierra Morena

   Aunque iba molido por las pedradas, don Quijote entró en Sierra Morena
con el corazón alegre, pues pensó que entre aquellas montañas le esperaban
más aventuras que en ninguna otra parte. Al verse lejos de los caminos y de 
los malnacidos galeotes, Sancho sacó de sus alforjas un mendrugo de pan y 
un trozo de queso, y agradeció a Dios que Ginés y sus compinches no le 
hubiesen quitado la comida además de la ropa. Pero, justo cuando empezada 
a llenar la panza, don Quijote descubrió entre unos arbustos una maleta medio 
podrida y le pidió a Sancho que la abriese. El buen escudero obedeció tan rápido 
como pudo, y sacó de la maleta cuatro camisas de hilo fino, un librillo de 
memoria muy bien encuadernado y un pañuelo con más de cien escudos de oro.
(librillo de memoria: diario; escudo: moneda antigua).
   -Acércame el libro, Sancho -dijo don Quijote-, y quédate con el dinero, porque
te lo mereces más que nadie en el mundo. 
   Al oír aquello, Sancho se alegró tanto que se puso de rodillas ante su señor y 
le besó las manos más de veinte veces.
   -¡Por fin una aventura de provecho! -decía-. ¡Ahora sí que doy por bien 
empleados todos los palos y pedradas que he recibido!

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