35. Sancho pierde la carta de Dulcinea

   -Yo no soy hombre que mate a nadie -protestó Sancho-. Don Quijote
está haciendo penitencia en el monte muy a su sabor, y yo voy al 
Toboso a llevarle una carta a Dulcinea, de la que mi amo está 
enamorado hasta los hígados.
   -Entonces dejadnos ver la carta y os creeremos.
   Sancho se metió la mano en el pecho para buscar el librillo, pero 
por más que se palpó no dio con él, pues don Quijote se lo había 
quedado sin darse cuenta.
   -¡Ay! -gritó Sancho más pálido que un muerto, y empezó a 
arrancarse las barbas y a aporrearse las narices, de tan disgustado
como estaba. 
   -Pero ¿qué os pasa? -le preguntó maese Nicolás, muy alarmado.
   -Que he perdido tres pollinos como tres castillos, porque no 
encuentro las cartas de mi señor.
   -Pero seguro que las recordaréis -le advirtió el cura-, así que no 
tenéis más que dictármelas para que las copie.
   -Sí que las recuerdo, sí. La de Dulcinea decía…
   En su carta, don Quijote llamaba a Dulcinea «alta y soberana 
señora», le contaba que tenía el corazón herido de amor, le juraba 
que se pasaba las noches pensando en ella y se despedía diciéndole:
«Besa vuestros pies, El Caballero de la Triste Figura». Sancho se pasó
un buen rato tratando de hacer memoria de todo aquello, pero, por más
que se rascaba la cabeza y miraba unas veces al suelo y otras al cielo, 
no recordaba una sola palabra. Hasta que al fin, después de haberse 
roído la mitad de la yema de un dedo, dijo con satisfacción:

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