36. El cura y el barbero se disfrazan

   -¡Ya me acuerdo! La carta de Dulcinea decía: «Alta y sombreada
señora, estoy muy mal del corazón y no puedo dormir porque me paso 
toda la noche besuqueándonos los pies».
   El cura tuvo que esforzarse mucho para no reírse.
   -¡Qué buena memoria! -dijo- Enseguida buscaré papel y copiaré
esas delicadas palabras. Pero ahora entrad con nosotros a la venta, 
que ya es hora de comer. 
   -Mejor sáquenme algo caliente -dijo Sancho-, porque prefiero no
entrar.
   El cura y el barbero no entendieron qué podía tener Sancho contra 
aquella venta, pero no quisieron preguntar más, sino que le sacaron 
un plato caliente y luego se entraron a comer. Durante el almuerzo, el 
cura estuvo pensando de qué modo podían devolver a don Quijote a la 
aldea, y al final le dijo al barbero:
   -Lo mejor que podemos hacer es que yo me haga pasar por una 
princesa menesterosa y vos por mi escudero, y que le pidamos a don 
Quijote que nos acompañe a nuestro reino para matar a un gigante que 
no nos deja vivir.
  Como al barbero le pareció buena idea, le pidieron a la ventera unas
prendas con las que disfrazarse. El cura se puso un manto y una falda, 
y maese Nicolás se tapó media cara con una cola de buey que hacía las 
veces de barba. Pero, al salir de la venta, el cura pensó que no era 
decente que un hombre de iglesia fuese por los caminos vestido de mujer, 
así que le dijo al barbero:
   -Dadme esas barbas, que yo haré de escudero y vos de doncella.

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