38. La mesa de la abuela

Érase una vez una débil anciana cuyo esposo había fallecido dejándola sola, así que vivía con su hijo, su nuera y su nieta. Día tras día la vista de la anciana se enturbiaba y su oído empeoraba, y a veces, durante las comidas, las manos le temblaban  tanto que se le caían las judías de la cuchara y la sopa del tazón. El hijo y su esposa se molestaban al verle volcar la comida en la mesa, y un día, cuando la anciana volcó un vaso de leche, decidieron  terminar con esa situación.   

    Le instalaron una mesilla en el rincón cercano al armario de las escobas y hacían comer a la anciana  allí. Ella se sentaba a solas, mirando a los demás  con ojos enturbiados por las lágrimas. A veces le   hablaban mientras comían, pero habitualmente era para regañarla por haber hecho caer un cuenco o un  tenedor.

    Una noche, antes de la cena, la pequeña jugaba en el suelo con sus bloques y el padre le preguntó qué estaba construyendo.  

    -Estoy construyendo una mesilla para mamá y para ti -dijo ella sonriendo-, para que podáis comer a   solas en el rincón cuando yo sea mayor.

    Sus padres la miraron sorprendidos un instante,  y de pronto rompieron a llorar. Esa noche  devolvieron a la anciana su sitio en la mesa grande. Desde entonces ella comió con el resto de la familia, y su hijo y su nuera dejaron de enfadarse cuando volcaba algo de cuando en cuando.

        Cuento tradicional

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