38. Un castillo medieval

El pueblo queda abajo, en la hondonada, al amor de la falda de la montaña, resguardado por la sierra de Loarre, que le da  nombre. La mancha  ocre de la tierra se extiende en la llanura, salpicada por el verde  y   el gris de los olivos.

    Arriba, a poco más de cuatro kilómetros en cuesta, la fortaleza románica más importante de España, y alguien, asegura  que  aún  de  Europa. Tanto es así, que la popularidad del castillo de Loarre hace que se olvide el pueblo del mismo nombre. 

     El paisaje es sobrecogedor. Los riscos se levantan hasta alturas abismales. Uno comprende la razón de tantas leyendas.

    El castillo roquero se confunde con el azul del cielo. A veces se esconde entre las nubes. Allí se anclaron los siglos XI y XII, entre rocas gigantescas, en el  acantilado fantasmagórico de un mar seco, donde sólo medran la aliaga,   el romero y el tomillo, junto al verde-amarillo del boj.  La  muralla,   casi reconstruida en su totalidad, pone cerco a la fortaleza, a lo largo  de ciento setenta y dos metros. Nueve lienzos de sillería, de casi metro y medio de espesor, son rematados por otros tantos torreones de planta   circular, de tres y cuatro metros de diámetro. Se encuentran separados   unos de otros en distancia de treinta y once metros. Las almenas, con    troneras y adarve corrido, han vuelto a su sitio, tras acertadas restauraciones.

    El gran mirador de la «Sala de la Reina» llama poderosamente la atención. El ábside del templo, sobre la roca, cautiva al viajero. Luego, la torre de los «Reyes», la torre vigía… Todo sobre la roca firme, como   si tratara de vencer a la naturaleza. «Es el monumento de Aragón -afirmó Ricardo del Arco- que mejor refleja el carácter rudo y fuerte  de  esta  tierra».

    El acceso principal es de gran belleza; una puerta de arco semicircular, flanqueada por dos torreones, dos cubos robustos, de indudable belleza.

    La fachada noble del castillo se levanta casi enfrente. Hay que cruzar el espacio abierto y luego ganar altura, peldaño a peldaño,  hasta  la   puerta de entrada a las dependencias palaciegas. Existen varias inscripciones que ayudan a reconstruir el pasado. Es   un ayer vivo en cada piedra. Una escalera regia, impresionante, de veintisiete peldaños, arranca   desde el umbral. A una altura media se abren dos puertas, a derecha  e   izquierda. Son, respectivamente, la cripta y el cuerpo de guardia.

    -En esta cripta -aseguran los vecinos de Loarre- recibió culto San Demetrio, el patrón de la villa. Arriba, el templo, una extraordinaria iglesia románica del siglo XI.  En la jamba de la puerta de entrada, un epitafio de 1095, para que no haya dudas, aunque luego figura la fecha de 1105 sobre la portada. Ocho peldaños nos separan de la escalera principal. Hay que volver al rellano para seguir el recorrido por el castillo, cuyas plantas y dependencias causan el asombro del visitante.

    En torno a la torre del homenaje se desarrolló la vida militar de la  fortaleza. El segundo piso de galerías forma un conjunto de singular belleza. La torre y la capilla de la reina cautivan por su severa sencillez. La sierra por un lado; por el otro, el abismo que enlaza con la llanura oscense.

    Es como si uno volviera al pasado. Allí resuenan todavía las palabras de Sancho Ramírez. Allí siguen haciéndose fuertes los partidarios del conde de Urgel, que no acataron el fallo de Caspe…    

    La importancia histórica del recinto y las características del mismo  son del dominio público. Loarre es de los lugares aragoneses más visitados. Se suceden las excursiones. El monumento románico más importante de España ha merecido, esta vez, las máximas atenciones.

         Alfonso Zapater. Esta tierra nuestra III  Adaptación


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