39. La muchacha se llamaba Dorotea

La muchacha no le hizo caso, pero su carrera terminó muy pronto,
porque, como sus pies eran tan  delicados, no pudo sufrir la aspereza
de las piedras, y acabó cayendo al suelo. Y allí se quedó, pensativa,
sin decir nada y con gesto muy triste. El cura y el barbero se le
acercaron, y trataron de animarla lo mejor que supieron, pero la
muchacha siguió muda por un buen rato como si hubiese perdido la
lengua hasta que los dos hombres se ganaron por fin su confianza y
ella aceptó contarles su historia.
   -Me llamo Dorotea -dijo- y voy buscando a un hombre al que quiero
más que a mi propia vida. Su nombre es don Fernando, y es un joven
de alto linaje. Yo le entregué mi cuerpo y mi alma porque me dio palabra
de matrimonio, pero hace algunas semanas se marchó de su casa sin
despedirse de mí y ya no he vuelto a saber nada de él. Así que voy
buscándolo por los caminos para hablarle, porque mi corazón no
descansará hasta que sepa las razones por las que don Fernando me ha
desdeñado. Y el motivo por el que voy vestida de hombre es para evitar
los peligros que corremos las mujeres cuando viajamos solas.
   -Pero, díganme, ¿y vuestras mercedes qué hacen en la sierra?
-preguntó la muchacha.
   Y así fue como supo de la locura de don Quijote y de la artimaña con
que el cura y el barbero querían devolverlo a su casa.

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