56. Meten a don Quijote en una jaula

  Y así debía de ser, porque alrededor de su cama vio cuatro fantasmas
vestidos con túnicas y antifaces, que lo levantaron de de la cama, lo
sacaron al patio de la venta y lo encerraron en una  gran jaula montada
sobre un carro de bueyes. En eso, uno de los diablos comenzó a decir
con una voz profunda y cavernosa que espantaba al mismo miedo:
   -¡Oh Caballero de la Triste Figura, no tengas pena, pues te hemos
encantado y encerrado en esta jaula para que puedas llegar en un
santiamén al reino de Micomicón! Y no olvides decirle a tu escudero
que te acompañe en este viaje, pues a los dos se os premiará como es
debido por el valor incomparable de vuestro brazo.
   Sancho, que había salido al patio y lo estaba viendo todo, besó las
manos de su señor en señal de obediencia, pero en el fondo de su alma
se dijo: «Para mí que estos diablos no son de fiar». Y estaba en lo cierto,
porque todo aquello no era más que una farsa para llevar a don Quijote
a su casa lo antes posible. Todo había sido idea del cura, quien había
construido la jaula con ayuda de maese Nicolás y de un par de
cuadrilleros y luego había convencido al dueño de un carro de bueyes
para que llevase a don Quijote hasta su aldea a cambio de un buen
salario. De modo que los cuatro diablos eran el cura y sus tres
ayudantes, quienes habían atado a don Quijote con cuerdas para que
no pudiera moverse.

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