6. Don Quijote es armado caballero

-¡Venid aquí, bribones -decía- que voy a daros lo que os merecéis!
   Pero las piedras siguieron lloviendo cada vez con más fuerza, y don Quijote
sólo salvó la cabeza gracias a que el ventero salió por una puerta gritando:
   -¡Dejen de tirar piedras! ¿No ven que ese hombre no sabe lo que hace?
   -¡Juro por la fermosa Dulcinea del Toboso que castigaré esta ofensa!
-clamaba don Quijote.
   Cuando el ventero logró por fin apaciguar a los que tiraban las piedras, salió a
toda prisa al patio y le dijo a don Quijote:
   -Ya habéis velado bastante las armas. Arrodillaos, que voy a armaros caballero.
   Entonces sacó el libro en el que anotaba los gastos de sus clientes y, mientras
hacía como que leía una oración, golpeó a don Quijote con la espada en la nuca
y los hombros, tal y como se hacía en los libros de caballerías.
  -Yo os nombro caballero -proclamó.
   La ceremonia era un puro disparate, pero don Quijote no cabía en sí de gozo.
Abrazó al ventero con entusiasmo y le dijo:
   -Abrirme las puertas del castillo, porque debo partir cuanto antes a ayudar a
las viudas y a los huérfanos.
   -Primero tendréis que pagarme la cena y la paja de vuestro caballo -respondió
el ventero.
   -¿Pagaros?
   -¿Es que no lleváis dinero?
   -Ni blanca, porque nunca he leído que los caballeros andantes lleven dinero
encima.

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