66. Encuentran a unas aldeanas

Sosegado con aquellos pensamientos. Sancho se quedó al pie del
árbol hasta el atardecer, para que su amo creyera que estaba en el
Toboso. Y tuvo tanta suerte que, justo cuando se levantaba para
reunirse con su señor, vio venir a tres labradoras sobre tres burros o
burras, que solo Dios sabe lo que eran. Y, cuando por fin llegó hasta
don Quijote, y el caballero le preguntó si traía buenas noticias,
Sancho le respondió con mucha alegría:
   -Tan buenas, que ahora mismo va a ver a la señora Dulcinea con
sus propios ojos. Vamos, asómese, que viene por allí abajo con dos
de sus doncellas, montada en una yegua blanca como la nieve. Y va
vestida de seda y cargada de joyas, y lleva los cabellos sueltos, que
son más dorados que los rayo del sol.
   Loco de alegría, don Quijote extendió la vista hacia el Toboso, pero
cuando vio a las tres mujeres que se acercaban, se quedó más pálido
que un muerto.
   -¡Válgame Dios -dijo-, que yo no veo más que a tres aldeanas
montadas en borricos!
   -Pero, ¿qué está diciendo, señor? Fíjese bien, que esas son Dulcinea
y sus doncellas, y póngase de rodillas, que ya llegan.
   Cuando las aldeanas se acercaron, Sancho se arrodilló ante la
primera, que llevaba un palo en la mano para picar a su burra.
   -Reina de la hermosura -le dijo con la mayor cortesía-, aquí os
rinden homenaje don Quijote y su escudero.
   Don Quijote se puso de rodillas y miró con ojos desencajados a la que
Sancho llamaba reina, porque lo que él veía era una aldeana con la nariz
chata y la cara muy redonda.
   -¡Dejenmos pasar, que vamos depriesa! -gruñó la supuesta Dulcinea,
levantando el palo-. ¡Y si tienen ganas de burla, ríanse del hideputa de
su agüelo! 

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