68. Requesones en el casco del Quijote

Mientras su amo conversaba, Sancho se apartó del camino para
comprarles unos requesones a unos pastores que ordeñaban ovejas.
Pero, cuan do ya los estaba pagando, don Quijote empezó a gritarle
que volviese, porque había llegado la hora de una nueva aventura y
necesitaba su casco, que iba atado al borrico de Sancho. Cuando el
escudero oyó a su señor, no supo qué hacer con los requesones, y no
se le ocurrió nada mejor que echarlos dentro del casco de su amo. Así
que, cuando don Quijote se lo encajó en la cabeza, notó que por los
ojos y toda la cara comenzaba a caerle un sudor muy frío, lo que le
extrañó mucho, porque no tenía ni pizca de miedo.
   -Parece que se me están derritiendo los sesos -dijo, pero entonces
se sacó el casco y, al mirarlo por dentro, bramó lleno de ira-: ¡Maldito
seas, malnacido escudero, que me has llenado el casco de requesones!
   A lo que Sancho respondió con mucha calma y disimulo:
   -Eso será cosa de algún encantador, porque yo no malgasto
requesones en la cabeza de nadie.
   -Todo puede ser -asintió don Quijote, más calmado.
   Y, tras limpiarse la cara, se plantó con la lanza en medio del camino,
a la espera de un carro de mulas que se acercaba.
   -Mire, señor -le dijo el del Verde Gabán-, que aquel carro no es de
ningún enemigo, porque lleva la bandera del Rey.
   Pero don Quijote le contestó que él sabía muy bien lo que se hacía,
y, cuando el carro llegó por fin, le preguntó al carretero:
   -Decidme, buen hombre, ¿qué lleváis en ese carro?
   -Dos leones bravos enjaulados para el Rey, que son los mayores que
se hayan visto nunca en España. Y ahora van muertos de hambre porque
hace un buen rato que no han comido.
 

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