73. Combate con el Caballero del Bosque

Mientras tanto, don Quijote subió a lomos de Rocinante y se preparó
para combatir. A la luz del día, descubrió que su rival era un hombre recio
y ancho de hombros, y que llevaba una vistosa casaca llena de brillantes
espejitos en forma de luna. Pero, como ya se había puesto el casco, no
pudo verle la cara.
   Recordad que, si os venzo -dijo el Caballero del Bosque-, tendréis que
obedecerme en todo lo que os ordene.
   Don Quijote asintió, y entonces los dos rivales se alejaron el uno del otro,
porque debían embestirse con las lanzas en plena carrera. En esto, llegó
Sancho corriendo hasta su amo y le dijo:
   -¡Ay, señor, ayúdeme a subirme a ese alcornoque, que las narices de
aquel escudero me tienen lleno de espanto!
   Miró don Quijote al escudero y, al ver que sus narices eran  en verdad
horrorosas, no dudó en ayudar a Sancho a trepar el alcornoque. Así que,
cuando el Caballero de los Espejos se dio la vuelta y empezó a galopar
contra su rival, encontró a don Quijote ocupado, por lo que se detuvo en
seco a mitad del camino. Sin embargo, don Quijote terminó enseguida, y
entonces echó a galopar a todo correr de Rocinante. Al ver que su enemigo
se le venía encima, el Caballero de los Espejos espoleó a su caballo con
tanta fuerza como si quisiera partirlo en dos, pero la bestia se negó a dar
un solo paso más, de manera que don Quijote se encontró con el blanco de
lo más fácil. Y fue tal el lanzazo que le dio a su enemigo, que lo hizo saltar
por los aires y lo dejó tumbado en el suelo. Entonces, don Quijote se apeó
de Rocinante y acudió junto al Caballero de los Espejos para comprobar si
lo había matado. Y, cuando le quitó el casco y le vio por fin el rostro, se
quedó tan espantado como si hubiera visto al mismísimo Satanás.

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