82. La ciencia del rebuzno

A los tres días de salir de la venta, don Quijote y Sancho se cruzaron
al pie de una loma con un escuadrón de más de doscientos aldeanos
que iban armados hasta los dientes con lazas, ballestas y arcabuces.
Lleno de curiosidad, don Quijote les preguntó por las razones que les
movían a la guerra, a lo que contestó uno de los campesinos:
   -Resulta que nuestro alcalde tiene un don muy gracioso, y es que
imita los rebuznos del burro a las mil maravillas. Y por esa habilidad,
los del pueblo vecino, cada vez que ven a alguno de nuestro pueblo,
se ponen a rebuznar para burlarse de nosotros. Y, como no hay quien
soporte tanta burla, hemos salido a buscarlos para matarlos a todos.
   Pensando que su deber de caballero era poner paz, don Quijote se
abrió paso hasta el centro de aquel ejército y dijo:
   -Yo, señores míos, soy caballero andante, por lo que conozco muy
bien el gran daño que causan las guerras. Y por eso os digo que a la
guerra solo hay que ir por razones de importancia, como es defender
la vida y la familia, y no por niñerías.
   Al ver que le escuchaban, don Quijote calló un instante para tomar
aliento, pero Sancho aprovechó su silencio para añadir:
   -Y además no tienen por qué avergonzarse de oír un rebuzno, porque
yo de mozo rebuznaba cuando me venía en gana, y tanto se me daba
que algunos me tuvieron envidia por lo bien que lo hacía. Y, si no me
creen, escuchen, que la ciencia del rebuzno es como el nadar, que una
vez aprendida nunca se olvida.

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