84. Navegación por el Ebro

Cuando Sancho se oyó tratar tan mal, le entró tal pena en el
corazón que se le llenaron los ojos de lágrimas y le pidió perdón
a su señor una y mil veces.
   -Yo te perdono, Sancho  -dijo don Quijote-, pero en adelante no
seas tan interesado y aprende a tener paciencia, que día vendrá en
que seas gobernador tal y como te prometí.
   En esas y otras conversaciones se les pasaron dos días, y al
tercero llegaron a las riberas del Ebro, que maravilló a don Quijote
por la claridad y la abundancia de sus aguas. Y, viendo que a la orilla
se mecía una barca, dijo el caballero:
   -Has de saber, Sancho, que ese barco de ahí está encantado y me
está pidiendo que suba en él, como pasa tantas veces en los libros
de caballerías, pues ha de llevarme hasta un castillo en el que sufre
prisión un valiente caballero.
   -Si vuestra merced quiere dar en otro disparate, yo obedezco, pero
sepa que esta barca es de algún pescador de por aquí.
   El caso es que acabaron embarcando y, nada más emprender su
viaje río abajo, don Quijote empezó a decir:
   -Por lo que veo, ya debemos de haber salido al océano.
   -¿Al océano? -replicó Sancho-. ¡Pero si todavía estoy viendo a
Rocinante y a mi borrico donde los hemos dejado!
   -Te digo, Sancho, que estamos en mar abierto, y hasta es posible
que hayamos atravesado el Ecuador. Y, si no, pásate una mano por el
muslo para ver si llevas piojos, porque, si se te han muerto de calor,
es que ya lo hemos atravesado.
   Sancho hizo la prueba, y se sacó del muslo tal puñado de piojos
vivitos y coleando que respondió de mala gana:
   -¿No le decía que todavía estamos en España?

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