85. Se vuelca la barca en el Ebro

En eso, descubrieron unas grandes aceñas (molinos de agua) en
mitad del río y apenas las vio don Quijote, dijo:
   -Mira, Sancho, ese es el castillo que buscamos.
   La barca entró entonces en una rápida corriente y se acercó a
toda prisa a las ruedas del molino, contra las que sin duda iba a
hacerse pedazos. Viendo el peligro, los molineros salieron con unas
varas largas para detener la barca, y, como tenían la cara y la ropa
llenas de harina, don Quijote creyó que eran fantasmas, así que se
puso en pie, sacó la espada y empezó a gritar:
   -¡Liberad al caballero o tendréis que batallar conmigo!
   Sancho estaba tan espantado que se arrodilló para rezar un
padrenuestro. Y, aunque los molineros lograron detener la barca, no
pudieron evitar que volcase, así que los dos aventureros acabaron
en el agua. Don Quijote nadaba como un ganso, pero el peso de la
armadura lo arrastró hacia el fondo dos veces, así que, de no ser
porque los molineros saltaron al agua para sacarlos, amo y criado
habrían muerto allí mismo. Y lo peor fue que, cuando ya salían a
tierra firme, aparecieron los dueños de la barca y, al verla
destrozada, le exigieron a don Quijote que se la pagase.
   -Lo haré con gusto -respondió el hidalgo-, a condición de que
liberéis al caballero que está cautivo en el castillo.
   -Pero ¿qué castillo decís, hombre sin juicio? -replicó uno de los
molineros.
   -¡Basta! -estalló don Quijote-. ¡Todo esto es un engaño de los
encantadores que me persiguen! ¡Que me perdone el caballero
cautivo, pero no puedo más!
   Así que pagaron la barca, volvieron en busca de sus bestias y
siguieron su viaje más tristes que nunca.
 

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