87. Sancho habla con la duquesa

¡Maldito seas, Sancho! -le riñó don Quijote-. ¿Cuándo llegará el
día en que hables sin refranes?
   -Dejadlo -dijo la duquesa, que se moría de la risa-, porque a mí
los refranes de vuestro escudero me gustan mucho. Decidme,
Sancho, ¿vendréis esta tarde a charlar conmigo en una sala muy
fresca que tenemos aquí en el palacio?
   -En estos días de verano -respondió el escudero- tengo yo la
costumbre de echar cuatro o cinco horas de siesta, pero hoy no
pegaré ojo con tal de acompañaros.
   La duquesa presintió que la charla sería entretenida, y no se
equivocó, porque aquella tarde Sancho se mostró como el
escudero más charlatán y divertido del mundo. No solo contó con
pelos y señales todas las aventuras que había vivido con su señor,
sino que llegó a confesar que él había sido el verdadero encantador
de doña Dulcinea.
   -Como don Quijote está loco de remate -dijo-, le hago creer lo que
no tiene pies ni cabeza.
   -Y si sabéis que está loco, ¿por qué le acompañáis?
   -Porque somos vecinos de toda la vida y él es un hombre generoso
y agradecido, y yo lo quiero de todo corazón.
   Tras más de tres horas de darle a la lengua, Sancho se marchó a su
cuarto y entonces la duquesa corrió en busca de su marido para
contarle todo lo que había explicado el escudero:
   -Dice que don Quijote ha visitado la cueva de Montesinos y que allí
abajo ha visto a muchos caballeros encantados por el mago Merlín y
a la mismísima Dulcinea convertida en aldeana.
   -Entonces -dijo el duque- le prepararemos a don Quijote una burla
en la que aparezcan Dulcinea y el mago Merlín.
 

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