94. Sancho gobernador de una ínsula

Al día siguiente del vuelo de Clavileño, el duque le dijo a Sancho
que se preparase para salir de viaje, porque le había llegado el
momento de ser gobernador:
   -Os envío a una ínsula hecha y derecha donde no falta de nada,
y debéis saber que mis insulanos os esperan con tantas ganas
como si fueseis un enviado del cielo.
   -Pues yo os prometa gobernarles como Dios manda -respondió
Sancho-, que me parece que, en esto de gobernar, todo es empezar.
   Cuando don Quijote se enteró de que su escudero partía hacia la
ínsula aquella misma tarde, lo llamó a su cuarto para hablarle a
solas. Sancho entró en el aposento con miedo, pensando que su
amo iba a pedirle que se diese los tres mil azotes de Dulcinea antes
de marcharse. Sin embargo, lo único que quería don Quijote era
darle a su escudero algunos consejos para que ejerciera su nuevo
oficio lo mejor posible. Y lo primero que le recomendó fue que
gobernase con prudencia y humildad, que evitara la envidia y la
pereza, que luchase por el triunfo de la justicia y que fuera
compasivo sin dejar de ser riguroso.
   -Ve siempre limpio y bien vestido -añadió luego- y no te dejes
crecer mucho las uñas; bebe con medida, porque el vino suelta la
lengua más de lo que conviene, y no comas ajos ni cebollas, para
que no descubran por tu aliento que naciste en cuna villana. Y
sobre todo no masques a dos carrillos no se te ocurra eruptar
delante de nadie.
   -Este último consejo lo tendré muy en cuenta -contestó Sancho-,
porque tengo la costumbre de eruptar sin remilgos siempre que
me viene en gana.
   -Tampoco tienes que abusar de los refranes, que son más propios
de aldeanos que de un hombre culto.
  

Volver a: Ortografía con textos de don Quijote de la Mancha