95. Sancho no sabe leer ni escribir

Es que sé más refranes que un libro, y se me vienen todos
juntos a la boca cuando hablo, pero a partir de ahora solo diré
los que vengan al caso, que en casa llena, pronto se guisa la
cena, y al buen entendedor, pocas palabras le bastan.
   -¡Eso es, Sancho! ¡Te estoy pidiendo que no digas refranes y
tú te pones a ensartarlos a troche y moche como siempre!
   En resolución, don Quijote le dio a Sancho más de treinta o
cuarenta consejos, todos atinadísimos y muy juiciosos, pues ya
se sabe que el hidalgo solo disparataba en las cosas de la
caballería. Y, cuando acabó, le dijo a Sancho:
   -Todos esos avisos son muy provechosos, pero, como tengo
tan mala memoria, no sé si los recordaré. Así que mejor démelos
por escrito, que, aunque no sé leer ni escribir, yo se los daré a mi
confesor para que me los recuerde cuando convenga.
   -¡Ay Dios, y qué mal está que un gobernador no sepa leer ni
escribir! Me gustaría que al menos aprendieses a firmar.
   -No sufra por eso, que yo fingiré que tengo dolorida la mano
derecha y le pediré a alguno que firme por mí.
   -¡Que Dios te guíe, Sancho amigo, y esperemos que el duque no
descubra que ese cuerpecillo gordo que tienes no es más que un
saco lleno de malicias y refranes!
   -Señor, si cree que no valgo para gobernar, ahora mismo
renuncio a la ínsula, porque prefiero ir Sancho al cielo que
gobernador al infierno.
   -Pues por eso mismo que acabas de decir mereces gobernar
sobre mil ínsulas: eres bueno por naturaleza, y esa es la mayor
virtud que puede tener un gobernador.

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