96. La ínsula Barataria

Aquella tarde después de la comida, Sancho dictó una carta
para su Teresa, en la que le decía que ya era gobernador, y luego
dejó que le pusieran unas ropas muy vistosas de juez, con lo que
llegó la hora de la despedida. Tras besar las manos de los duques,
Sancho abrazó llorando a don Quijote, quien le dio su bendición
con los ojos bañados en lágrimas, y luego se piso en camino,
acompañado por un mayordomo y muchos criados.
   Como Sancho no sabía lo que era una ínsula, no le extrañó que
la suya estuviera en tierra firme. En realidad, los criados del duque
lo llevaron hasta una villa de unos mil vecinos, a la que llamaron
«ínsula Barataria» por lo barato que le había salido el gobierno al
nuevo gobernador. Todo el mundo en el pueblo tenía orden de
obedecer y regalar a Sancho como si fuera un marqués, así que lo
recibieron con muchas reverencias y con grandes muestras de
alegría. Nada más llegar, le entregaron las llaves de le ínsula, y
luego se lo llevaron al juzgado para que hiciese justicia. Los
criados del duque esperaban reírse a rabiar con los disparates de
Sancho, pero resultó que el nuevo gobernador los dejó a todos con
la boca abierta, pues hizo justicia con tanto tino como si hubiese
dejado de ser bobo por la gracia de Dios.
   Desde el juzgado, llevaron a Sancho al lujoso palacio que iba a
ser su casa, adonde llegó corriendo un mensajero con una carta
del duque que decía:
   Señor don Sancho Panza, he tenido noticia de que unos enemigos
míos van a asaltar vuestra ínsula una noche de estas, así que
andad con cuidado. Y sé también por espías dignos de confianza
que en la ínsula han entrado cuatro hombres disfrazados que
tienen intención de mataros, por lo que os aconsejo que estéis
alerta. Vuestro amigo, El Duque.

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