98. Envían un regalo a Teresa Panza

Temeroso de Sancho, el médico salió de la sala sin decir esta
boca es mía, pero en los días siguientes volvió a presentarse cada
vez que el gobernador se sentaba a la mesa, y le prohibió uno tras
otro todos los platos que pudieran apetecerle. «¡Malditos sean el
doctor y la ínsula!», se decía el pobre Sancho, «que oficio que no da
de comer no vale dos habas». Pero, a pesar del hambre que pasaba,
se empeñó en cuerpo y alma en gobernar lo mejor posible: limpió la
ínsula de maleantes, desterró a los tenderos que engañaban a sus
clientes, reunió comida y ropa para los huérfanos, visitó las cárceles
para consolar a los presos y se esforzó en premiar a los buenos y
castigar a los malos. Todas las horas del día las dedicaba a su
gobierno, y se negaba en redondo a salir de caza como hacían otros
gobernantes, pues le parecía que su deber era cuidar de su ínsula, y
no holgazanear detrás de un ciervo o de un jabalí. En fin, que Sancho
se comportó con tanta nobleza y dictó leyes tan buenas, que todavía
hoy se obedecen en aquel lugar, donde se les ha dado el nombre de
«Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza». Mientras
Sancho llevaba adelante su falso gobierno, la duquesa inventó una
nueva burla, y cierto día le dijo a uno de sus pajes:  -Vas a ir a la
aldea de don Quijote y le llevarás a Teresa Panza la carta que le
escribió Sancho, otra de mi parte y un regalo que os daré para ella.
   El paje, que era hombre gracioso y de mucho ingenio, aceptó de
buen grado la misión, y en pocos días se plantó en la aldea de don
Quijote. Al llegar preguntó por Teresa Panza, y entonces le señalaron
a una mujer de unos cuarenta años, fuerte y tiesa y con la piel muy
tostada por el sol del campo. El paje cabalgó hacia ella y, cuando la
tuvo delante, se apeó del caballo, se puso de rodillas y dijo con
mucha solemnidad:
   -Deme sus manos, mi señora doña Teresa, esposa del señor don
Sancho Panza, gobernador a la ínsula Barataria.

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