Lección de A continuación de la muerte

En el instante de la muerte el alma se separa del cuerpo -el alma no muere porque es inmortal- y comparece inmediatamente delante de Dios para ser juzgada. Según la sentencia del juicio, el alma va al cielo a gozar eternamente de Dios -va al purgatorio, si necesita purificarse-, o al infierno, en el caso de que el hombre muera en pecado mortal y sin la gracia de Dios. El Señor es misericordioso, pero también justo; y por eso premia o castiga conforme a las obras que el hombre ha realizado durante su vida en la tierra. Después de la muerte ya no se puede merecer ni rectificar el destino final.

    Este juicio, que acaece en el momento mismo de la muerte, es el juicio particular. El juez será Jesucristo.

Los muertos resucitarán al final de los tiempos

    Como hemos dicho, el cristiano cree firmemente que, igual que Cristo resucitó, también él resucitará al final del mundo: nuestro cuerpo, transformado, resucitará para unirse con el alma y nunca más morir. Resucitarán todos los hombres, pero no tendrán todos el mismo destino: los buenos resucitarán para la gloria eterna y los malos para eterna condenación.

Prepararnos bien para el momento de la muerte

    El Señor -en el Evangelio- no avisa de estas tremendas verdades de la vida y de la muerte, para que estemos preparados cuando nos pida cuentas en el momento del juicio. Puesto que la muerte viene como un ladrón -sin avisas-, debemos estar siempre preparados. ¿Cómo?

    – Pedir frecuentemente perdón al Señor. Al darnos cuenta de que hemos obrado mal, debemos hacer un acto de contrición, al menos con una jaculatoria que brote del corazón sinceramente arrepentido.

    – Hacer todos los días el examen de conciencia. El examen de conciencia es como un juicio que nos hacemos nosotros mismos para ver si cumplimos la voluntad de Dios. Se trata de recordar, brevemente, las cosas que hemos hecho durante el día. Al descubrir cosas que hemos hecho bien, damos gracias a Dios; al ver lo que hemos hecho mal, pedimos perdón con dolor de amor y hacemos firme propósito de rectificar al día siguiente. Este examen nos ayuda a estar siempre preparados para nuestro encuentro con Jesucristo y para mejorar nuestra vida cristiana.

    – Confesarse con frecuencia. En el sacramento pedimos perdón y el Señor perdona nuestros pecados. Una buena confesión es la mejor manera de prepararnos para el juicio de Dios. Si muriésemos después de confesarnos bien y estando en gracia de Dios, el juicio será el gozo del Padre celestial al tener que premiarnos y la alegría nuestra por haber alcanzado el cielo con su misericordia.

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