Lección de Condiciones para una buena confesión

Para hacer una buena confesión son necesarias cinco cosas: Examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Hay que confesarse procurando vivir bien estas disposiciones, sin caer en la rutina, ya que cada confesión es un encuentro personal con Jesucristo.

Examen de conciencia

    Es preciso recordar -para acusarse después- los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha. En ese examen hay hay que considerar detenidamente los mandamientos de la Ley de Dios, los de la Iglesia y las obligaciones del propio estado. Si se descubren pecados mortales cometidos desde la última confesión válida, hay que saber la clase de pecado, las circunstancias que cambian su especie y -dentro de lo posible- el número de veces o al menos una media aproximada. Conviene ver también los pecados veniales.

Normalmente, el examen debe ser breve, lo que no quiere decir «superficial». Si se confiesa uno con frecuencia será más fácil hacerlo, como es más fácil confesarse bien   cuando uno se examina habitualmente.

Dolor de los pecados

   El dolor puede ser de atrición (por el castigo o por la fealdad del pecado) o de contrición (por haber ofendido a Dios, siendo quien es).

    El dolor de contrición o dolor perfecto, fruto de una ardiente caridad hacia Dios ofendido, cuando existe la imposibilidad de confesarse, reconcilia al hombre con Dios antes de que de hecho se reciba el sacramento de la Penitencia. Sin embargo, este dolor no hace superflua la confesión oral de los pecados, sino que presupone su deseo y a ella se ordena por naturaleza.

    Sería contradictorio un perfecto dolor de los pecados unido al rechazo del precepto divino de confesarlos al sacerdote. La efectiva confesión de los pecados es necesaria porque nadie puede estar absolutamente seguro de que su contrición es perfecta. Por eso, para acercarse a comulgar, si se tiene conciencia de pecado mortal, salvo casos raros y especiales, hay que confesarse antes. No hacerlo así, y acercarse sólo con un supuesto acto de contrición, sería un desprecio a Cristo, ya que pondría en ocasión de recibirlo sin las disposiciones necesarias, puesto que nadie puede estar seguro de la suficiencia de su dolor.

    El dolor de atrición o dolor imperfecto de suyo no perdona el pecado, pero es suficiente para recibir el sacramento de la Penitencia.

Propósito de la enmienda

   Consiste en la determinación de no volver a pecar, como se lo indicó Jesús a la mujer pecadora: «Anda, y no peques más» (Juan 8,11). Aunque no sea posible tener certeza de que no se ofenderá más a Dios, hay que estar dispuesto a poner los medios para no volver a hacerlo. Esto lleva a quitar las ocasiones  próximas y voluntarias de pecado: malas amistades, lecturas, conversaciones, etc.; poner los medios sobrenaturales y humanos para fortalecer la voluntad y no volver a pecar.

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