Lección de Creo en el perdón de los pecados

El misterio glorioso de la resurrección de Jesús trae al mundo el regalo excepcional de la paz -el saludo del resucitado a sus discípulos-, y el perdón de los pecados que Cristo anuncia y otorga a los apóstoles el mismo día de su resurrección. Son como las dos caras de la misma moneda: el perdón que genera la paz y la paz que brota del perdón de los pecados.

    El perdón de los pecados cifra la misión de Cristo en el mundo, pues como dice San Pablo: «se entregó por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación» (Romanos 4,25), con el resultado de la paz que nos alcanza, porque «Él es nuestra paz» (Efesios 2,14). Jesús significa Salvador: viene a salvar al pueblo de sus pecados. En consonancia con esta misión, el Señor había ejercido su misericordia con los pecadores, pero era imprescindible que tal poder se concediese a los hombres. Por eso quiso comunicarlo a su Iglesia, y en la aparición de la tarde de la resurrección dijo a los apóstoles: «Recibid el Espíritu santo: a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Juan 20,23). E la Iglesia, por tanto, existe el perdón de los pecados en virtud de una condescendencia infinita de Dios con el hombre.

    El Símbolo de los apóstoles profesa la fe en el perdón de los pecados: «Creo… en el perdón de los pecados», que en el símbolo niceno-constantinopolitano se explicita diciendo: «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». Más adelante se explicará el papel del bautismo en la remisión del pecado y también el del sacramento de la penitencia.

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