Lección de Dios no abandonó a los hombres, a pesar del pecado

A pesar del pecado, Dios seguía amando a los primeros padres y a sus descendientes, y quiso restaurar lo que el pecado había destruido. Y prometió que salvaría a los hombres de su pecado, recuperando el don de la gracia: volverían a ser hijos de Dios y herederos del cielo, aunque sin recobrar los dones preternaturales, es decir, los privilegios que el Señor añadió a la naturaleza humana: inmortalidad del cuerpo, ausencia de enfermedades, etc.

A lo largo de la historia, Dios recuerda la promesa que hizo a Adán y Eva

    Para que los hombres no se olvidaran de que iba a enviar al mundo un salvador, Dios les recuerda con frecuencia esa promesa por medio de Abrahán, Jacob, Moisés, David… Son los Profetas, sobre todo, los que hablan del Mesías, del Salvador que habrá de venir: Isaías (7,14) proclama que nacerá de una «virgen«; Miqueas (5,2) señala incluso dónde va a nacer: en «Belén«.

El Salvador o Mesías es Jesucristo

    Para salvar al mundo de sus pecados, Dios no manda un ángel: envía a su propio Hijo. Por eso dice el Señor: «Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo Unigénito» (Juan 3,16). El Salvador es Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido de las entrañas purísimas de la Virgen María. Por eso el Señor se llama Jesús, que quiere decir «Salvador». El arcángel San Gabriel se lo dijo así a San José: La Virgen «dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1,21).

Jesucristo es verdadero Dios

    Nosotros sabemos que Jesucristo es Dios porque Él nos lo dijo y porque lo demostró con sus obras. Nos dijo: «Yo y el Padre somos una misma cosa (Juan 10,30); quien me ve a mí ve al Padre (Juan 14,9); nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mateo 11,27).

    Jesucristo hace cosas que sólo puede hacer Dios. Cura a los mudos, a los ciegos, a los leprosos…; resucita a su amigo Lázaro, al hijo de la viuda de Naím…; perdona los pecados al paralítico, a la Magdalena, a la mujer adúltera…; y todo esto lo hacía por su propia virtud, porque era Dios.

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