Lección de El amor al prójimo

Un cristiano no puede decir que ama a Dios si no ama a su prójimo. Como advierte San Juan, «si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano es un embustero, porque el que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? (1 Juan 4,20). Las razones en que se funda la fraternidad cristiana son claras: todos somos hijos del mismo Padre celestial y, en consecuencia, hermanos; hemos sido redimidos con la sangre de Jesucristo y estamos destinados al cielo. Cristo mismo se identifica con el prójimo para urgirnos al amor: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40).

    Por eso hemos de querer a los demás por amor a Dios. La pura simpatía, la admiración o el altruismo, no son la caridad que Cristo nos pide.

El mandamiento de Cristo abarca a todos

   El Señor nos dejó en testamento el amor: «Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros, como Yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Juan 13,34-35). Nos dio ejemplo con su vida, y nos enseñó a querer a los demás siendo amables en la convivencia, comprendiendo, disculpando y perdonando.

La caridad con el prójimo presupone respetar sus derechos de justicia, pero exige también practicar las obras de misericordia ayudándole en sus necesidades espirituales y materiales. Y no podemos excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos: «Amad a vuestros enemigos -dice el Señor-, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian» (Lucas 6,27-28).

   Las obras de misericordia

   Para enseñar de manera gráfica cómo vivir la caridad, Jesucristo propuso la parábola del buen samaritano (Lucas 10,30-37). En realidad Él es el buen samaritano, que curó nuestras heridas con su infinito amor misericordioso. Cuando practicamos las obras de misericordia -las siete corporales y las siete espirituales- nos vamos pareciendo a su Corazón, del que aprendemos a dar de comer al hambriento, enseñar al que no sabe, a dar buen consejo, a corregir, a perdonar, a consolar, a sufrir con paciencia, a rogar a Dios por todos, etc.

Caridad ordenada

   La caridad exige amar primero a Dios y, después, a los demás. Existe una jerarquía en el amor a Dios y al prójimo, como existe un orden en el amor a los hombres. Dentro del amor al prójimo tenemos obligación de querer más a los que están cerca de nosotros: padres, hermanos, sacerdote, profesores, amigos; vienen luego los necesitados de ayuda espiritual y de ayuda material. En el amor a nosotros mismos, está antes la necesidad espiritual nuestra que la necesidad material del prójimo.

Volver a: La caridad, virtud suprema