Lección de El octavo Mandamiento

Duración: 10 minutos

 El octavo mandamiento

    El octavo mandamiento de la Ley de Dios dice: No dirás falso testimonio ni mentirás.

   Decir falso testimonio es declarar en un juicio algo que no es verdad y perjudica al prójimo.

   Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa, con intención de engañar.

Jesús nos enseña a decir siempre la verdad. El Sumo Sacerdote le preguntó:  «Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios? y Jesús respondió: Yo soy.» (Marcos 14, 61-62). Confesó la verdad, aunque por decirla sufrió tantos ultrajes (maltratos y desprecios) y la muerte.

   En otra ocasión dijo Jesús: «Sea vuestro hablar: si, si,  o no, no. Lo que excede de esto viene del Maligno.» (Mateo 5,37).  Hay que imitar a Jesús, que nunca mintió.

   El hombre es por naturaleza un ser social, y eso obliga a ser sinceros: con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Sin verdad, no es posible la buena convivencia entre los hombres. Igual que nos gusta que nos digan la verdad y no nos engañen, debemos ser siempre sinceros. El mentiroso acaba perdiendo la amistad y la confianza de los que lo rodean. El humos popular ridiculiza la vergüenza de la mentira: antes se coge al mentiroso que al cojo.

Respetar la fama de los demás

   La fama es un bien más importante que los bienes materiales. Todos los hombres tienen derecho a su buena fama u honor. Por eso no podemos robar o destruir la fama de los demás. Si se ha perjudicado la fama de alguien hay que reparar en lo posible el daño causado.

   Se nos prohíbe la calumnia, que es atribuir al prójimo pecados o defectos que no tiene. Tampoco podemos difundir injustamente los defectos ocultos de los demás. Esto es la murmuración.

    Como norma general no hemos de hablar mal de nadie ni pensar mal de los demás. También hemos de guardar el secreto de los demás.

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