Lección de La concupiscencia

Al desobedecer a Dios, Adán y Eva no sólo pecaron sino que abrieron una fuente de pecado: la concupiscencia o inclinación al pecado que permanece incluso en el bautizado; el bautismo perdona el pecado original pero no elimina la concupiscencia.
    San Juan habla de una triple concupiscencia: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. (cfr. 1 Juan 2,16), consecuencia del pecado original que contradice a la razón y desordena las facultades del hombre. En sí misma no es pecado, pero inclina al pecado, aunque no puede dañar al que no la consiente sino que le hace frente con la gracia de Cristo. Para eso se le deja al bautizado, para el combate.

La purificación del corazón

   Como la naturaleza siente el hormigueo de las pasiones, hay que buscar la raíz del pecado para combatirla. Y la raíz se encuentra en el corazón; la pureza se vive en el cuerpo, pero se vive sobre todo en el alma.
   

Jesús advierte a sus discípulos: «De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones» (Mateo 15,19). Por eso, la lucha contra la concupiscencia pasa por la purificación del corazón y Dios quiere que seamos limpios y castos por dentro, en primer lugar; el noveno mandamiento prohíbe los pecados internos contra la castidad: los pensamientos y deseos impuros.

Luchar contra la tentación

   Las tentaciones contra la castidad, de suyo, no son pecado sino incitaciones al pecado; serían pecado si la voluntad se complaciera en ellas, pero no lo son si la voluntad no consiente y las rechaza. Proceden de las malas inclinaciones, sugestión del demonio o del mundo que nos rodea. No debe sorprendernos, pero -sin obsesionarnos- hay que rezar para ser fuertes y rechazarlas con prontitud. El que resiste a la tentación, crece en amor a Dios y se hace fuere por dentro, con la fuerza de Dios, que da su gracia para vencer.

    Cuando surgen dudas de si una cosa es o no es pecado contra la pureza se pregunta a personas competentes: padres, sacerdote… para formarse y tener paz. En estos casos sucede lo que con las moscas en verano cuando se posan tan molestas en la cara. El que se pose no depende de nosotros; ¡de nosotros depende el ahuyentarlas! Si en el momento de la tentación podemos decir sinceramente: «He hecho lo posible por quitármela de encima», no hay que perder la paz y la alegría.

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