Lección de La vocación del hombre

Con su muerte en la cruz Cristo ha librado a la humanidad del demonio y del pecado, mereciendo para todos la vida nueva en el Espíritu Santo; con su gracia ha restaurado lo que el pecado había roto. Y esta senda que Cristo ha trazado es la que debe seguir todo el que quiere ir en pos de Él, para unirse con Él, para identificarse con Él. No hay otro camino. En esa unión con Cristo se alcanza la perfección de la caridad, la santidad a la que todos los hombres están llamados, como enseña el Concilio Vaticano II: «Todos… son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». La vida en Cristo alcanza su plenitud definitiva en la gloria del cielo.

La vocación del hombre a la felicidad

   Además de santos, Dios nos quiere felices, aun contando con que -mientras peregrinamos- hemos de sostener la cruz, que es condición de la existencia cristiana. La felicidad en la tierra siempre encierra el agridulce del que está de paso. Esa paradoja queda bien expresada en las bienaventuranzas, donde Jesús enseña cuáles son los verdaderos bienes. Somos herederos del Reino de Dios, y nuestra verdadera y plena felicidad se realizará en la visión de Dios, en el descanso con Dios.

    La vida eterna es un don gratuito de Dios, tan sobrenatural como la gracia que conduce a ella.

Cristo, principio y meta de toda la vida

   Cristo, que es el Señor del cosmos y de la historia, es para el hombre particularmente «el camino, la verdad y la vida» (Juan 14,6). En cuanto Dios es creador del universo, que sustenta con su palabra poderosa; como hombre es el Redentor del mundo, el único Redentor, pues no hay otro en quien nos podamos salvar. Por eso nuestra dignidad, nuestra verdad, nuestra vida, nuestro camino es Jesucristo, a quien el hombre ha de buscar, seguir y amar. Ya lo decía la leyenda de aquella biblioteca: «Si conoces a Cristo, lo sabes todo; si ignoras a Cristo, no sabes nada».

    El hombre de nuestro tiempo tiene especial necesidad de buscar, de encontrar a Cristo, ya que está viendo rotas todas sus esperanzas y nadie más que Cristo le podrá librar del desamparo que le aprisiona. Cristo es la esperanza de los hombres, porque «Cristo es el amor que ama, es el camino para ser andado, la luz para ser encendida, la vida para ser vivida, el amor digno de ser amado». (Madre Teresa de Calcuta).

    El que encuentra a Cristo experimenta el milagro de ser su vida transformada, con un ideal que le apasiona y le da ganas de vivir, como la locura confesada por San Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quién vive en mí«. (Gálatas, 2,20).

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